
A los 36 años Stieg Larsson, el autor de la millonaria saga Millenium, trabajaba como diseñador en una agencia de noticias: estaba a una década de escribir el primer libro de su exitosa trilogía. A los 36, Chespirito era autor de los guiones de Cómicos y Canciones, un no tan sintonizado programa de la televisión mexicana: el Chavo y el Chapulín no existían. A los 36, John Lennon recibió la residencia norteamericana después de un lustro de duros trámites y amenazas de deportación: por fin se estableció legalmente en Nueva York, donde lo matarían cuatro años más tarde. David Bowie tenía 36 cuando cantó por primera vez Modern Love. A los 36, Clint Eastwood hizo su primer gran western: El Bueno, El Malo y El Feo. A la misma edad, Rocco Siffredi, el actor porno italiano, filmaba la décima parte de su célebre True Anal Stories. Con 36 años murieron Mozart, la Princesa Diana, Bob Marley, Marilyn Monroe. A los 36, Greta Garbo se retiró del cine; André Agassi del tenis; Pelé del fútbol. Muhammad Alí tenía 36 en el momento en que ganó su última pelea. A los 36, el astronauta Neil Arsmtrong todavía no pisaba la Luna. A la misma edad, otro Arsmtrong, Louis, el trompetista, grabó junto con su banda de jazz su disco más valioso. A los 36, Salvador Dalí se refugió en Estados Unidos huyendo de la Segunda Guerra Mundial: ya había pintado La Persistencia de la Memoria. A los 36, Joaquín Salvador Lavado, Quino, logra que Mafalda aparezca por primera vez en un diario de Europa. David Beckham tiene 36 años, igual que Angelina Jolie y Keiko Fujimori. A los 36, Miguel Grau recibe su primera misión internacional a bordo del Huáscar: ir a Valparaíso escoltando un bergantín. Alan García inauguraba su primer mandato a los 36 años, y Ribeyro publicaba su segunda novela, Los Geniecillos Dominicales. A los 36, Yola Polastri —ya tía, en onda rocker— cantaba ‘Sabor a Miel’ en canal 4. A los 36, mi papá era Mayor del Ejército: estaba casado con su primera esposa, tenía dos hijas. Hace un par de días cumplí 36. ¿Cómo me siento? Naturalmente más viejo. ¿Qué cosa he logrado? Probablemente ninguna. ¿Hasta dónde quiero llegar? Ni puta idea. Mis grandes planes para el futuro son estrictamente dos: cerrar esta columna e irme corriendo al cine a ver Las Aventuras de Tintín.
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[Ilustración: Alfonso Vargas Saitua (Robotv)]

Ordeno mi biblioteca aprovechando las vacaciones. Elijo hacerlo, no por temas, géneros, años, ni sellos editoriales, sino en simple orden alfabético, usando como referencia el primer apellido de cada autor. Al finalizar la tarea —que me toma dos mañanas, y de la que salgo empapado, como si hubiera hecho veinticuatro horas de steps— retrocedo unos pasos para observar la inmensa pared multicolor formada por los lomos desiguales de los libros. Al ver el nombre de los autores evoco sus rostros y trato de imaginarlos juntos, como sentados uno al lado del otro. Los anaqueles de madera —levantados junto al escritorio— son de repente las graderías de una enorme tribuna, desde donde ellos, los escritores, parecen alentarme con efusivo silencio a lo largo del crucial partido que disputo a diario contra la pantalla en blanco. Por su importancia, por su compañía, ellos son, al mismo tiempo, maestros, hinchas, dignatarios, familiares, íconos, en fin, guardianes socráticos de mi vocación. Como ocurre con ciertas tribunas, las bibliotecas también son democráticas. Al menos en la mía, el criterio de orden elegido permite que autores tan disímiles en edad —y no solo en edad—, que muy improbablemente pudieran haberse conocido, menos aún frecuentado, coincidan ahora en los estantes, esas pequeñas, lúgubres vecindades donde crecen la humedad y las arañas. Allí es natural, por ejemplo, que Enrique Sánchez Hernani conviva con Salinger y Saramago. Que Ezra Pound, Silvia Plath y Daniel Peredo sean compañeros de fila. Que Alonso Rabí se interponga entre Nicanor Parra y Laura Restrepo. O que Eloy Jáuregui se pare, achoradísimo, a la izquierda de Kafka, a dos pasitos de Kundera. O que yo mismo, imberbe, me codee con Capote, Coetzee y Cortázar. Pero más, vamos a decir inesperadas, resultan ciertas duplas determinadas por el generoso azar del alfabeto: Rolando Arellano va con Paul Auster; Jaris Mujica con Murakami; Freddy Ternero con Tagore; y la máxima, Mónica Delta con Simone de Beauvoir. [Cabe añadir que de haber conservado el libro ‘No Basta ser Positivo’ de Brad Pizza el tomo figuraría, nada menos, que al lado de la Poesía Completa de Alejandra Pizarnick].
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[Ilustración: Alfonso Vargas Saitua (Robotv)]

Entrar más al cine y menos al Twitter. Comprar una bicicleta de paseo antes que un Blue Ray. Deshacerme de una tarjeta de crédito [si es la de Ripley, mejor]. Montar expediciones más frecuentes a Polvos Azules. Viajar en el Metropolitano, subir al Tren Eléctrico. Visitar más teatros, más playas, más chinganas; menos consultorios, menos escaparates, menos cementerios. No interrumpir la natación de los martes, la terapia de los viernes, ni las pichangas extenuantes de los sábados. Llevar a mi sobrino Rodrigo al Nacional cuando juegue Perú, y compartir con mi sobrina Adriana una maratón de películas de terror. Reducir mi consumo inmoderado del ají. Aprender a tolerar el repulsivo sabor de la Linaza y el Alpiste en el jugo de papaya. Visitar a mis amigos en sus casas, no solo en sus perfiles de Facebook. Hacer menos preámbulos, diseñar menos planes, dar menos rodeos. Querer sin hacer daño y dejar de hacer daño sin querer. Incursionar en el vasto e inexplorado universo de la gratitud: devolver las llamadas, contestar los mails, homenajear a los cómplices que sobreviven. Premiar a los niños—malabaristas del semáforo que se rajan el lomo a la misma edad en que tú estabas repantigado en tu sala viendo El Festival de los Robots, devorando incontables cachitos con mantequilla. No sonreírle tanto a los entrevistados famosos que van a la radio y sí, en cambio, a las señoras que trapean los baños de los diez pisos del edificio Rpp. Estrenarme en el peliagudo arte de la puntualidad. Leer como energúmeno, como si en realidad el mundo fuera a venirse abajo de repente. Escribir el doble, si no con talento, al menos con pasión y disciplina. Publicar mi segunda novela. Mentir solo en los libros. Negociar con La Mula su propuesta para alojar mi página web en su portal. Hacer siquiera un viaje dentro del país. No ir a Mistura, ni al Blogday, ni a ningún Cierrapuertas. Evitar las aglomeraciones, salvo en el concierto de Elton Jhon. Celebrar los 36 con cautela y esperar la inminente aparición de la primera cana.
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Llegué a la primera clase de Natación con una mochila al hombro y la callada satisfacción de quien regresa, por fin, después de casi un año de inmovilidad, a la actividad deportiva. Más de trescientos días habían transcurrido sin que trajinase un solo músculo debido a una hernia lumbar que he venido combatiendo con una rutina de ejercicios focalizados, estiramientos boca abajo y masajes eléctricos. Tras casi seis meses en ese plan, digamos vegetativo, siguiendo al pie de la letra el tratamiento, el médico me dio luz verde para concretar mi glorioso retorno a las canchas de fulbito. Antes, en una indicación disfrazada de sugerencia, me aconsejó nadar. “Es lo mejor para la espalda, vas a ver”, aseguró.
Mi asistencia a la piscina techada y temperada del Regatas tenía, pues, esa finalidad: calentar, entrenar, ensayar, quedar expedito antes del reentré pichanguero. No fui a tomar clases propiamente, puesto que soy un eximio nadador, sino a relajar el cuerpo, a dejar que el agua quieta hidratara y además disolviera las pocas pero porfiadas contracturas que aún lo amordazaban. Continuar leyendo. ›

Después de todo, uno también está hecho de las personas y lugares que conoce, incluso cuando tal conocimiento se ha dado de manera involuntaria. Porque, claro, de adulto uno elige, pero de chico son tus padres quienes escogen por ti a las personas y lugares que te toca conocer.
Al carecer de autonomía y libertad, te resignas a ir a donde ellos te llevan. Si es al circo, al zoológico o a un restaurante de hamburguesas, los adoras por su acierto. Pero los puedes llegar a odiar si te arrastran a esos insufribles almuerzos de adultos donde no conoces a nadie y debes intentar congeniar con la sarta de tíos y primos ‘de cariño’ que te va siendo paulatinamente endosada. Aún cuando muchos de ellos te parecen verdaderos pelmazos o atorrantes, te esfuerzas por saludarlos, sonreírles y acoger con buen talante las bromas cojudas con la que sin duda tratarán de congraciarse. Continuar leyendo. ›

[Nunca soñé que nos encontraríamos aquí. Esta risa está reservada para un amigo]
The Church
Sebastián no contesta las llamadas. Ni las del celular, ni las del teléfono de su departamento. Tres, cuatro, cinco, los timbrazos impactan el oído de Raro, acentúan su ansiedad. “Qué pesado este huevón: se duerme con el televisor prendido y después ya no escucha nada, siempre pasa igual”, reniega, lanzando el aparato sobre la cama, con cólera aunque sin fuerza. Se fastidia porque necesita hacerle un par de consultas urgentes antes de visitarlo. Dos días antes acordaron juntarse en casa de Sebastián para revisar el último capítulo de Los Monólogos de Fofa y comenzar a elaborar, a cuatro manos, el guión definitivo. La filmación, se supone, arrancará en pocas semanas y aún quedan coordinaciones por afinar. En la última conversación que tuvieron —sentados a los lados de una mesa, en un café de la calle Bonilla— Sebastián hizo apretados cálculos.
—Deberíamos grabar las dos primeras semanas de diciembre. Hacemos un stop por Navidad y Año Nuevo, pero retomamos ahí nomás. Tengo las cámaras disponibles hasta fines de enero—apagó la colilla del cigarro sobre un plato, juntó las yemas de los dedos de ambas manos, que quedaron mirándose como arañas mellizas—.
—¿Y luego? Acuérdate de que en verano el tiempo es más corto para todo—observó Raro, las cejas alzadas, un lapicero tocaba la punta de su nariz—.
—Si no se altera la agenda, terminaremos la edición antes de la quincena de febrero. Échale dos semanas más para la postproducción. Exagerando, creo que para mediados de marzo ya deberíamos tener el muñeco bien armado.
—Estás pecando de optimista, huevón.
—Y tú de metiche. ¿Quién conoce el ritmo del negocio? ¿Tú o yo?
—Tú, pero date cuenta: ni siquiera hemos resuelto lo del casting
—Ya te he dicho que me dejes eso a mí
—De acuerdo, pero me gustaría ayudarte. Necesito ver quién hará de Fofa. Me siento, no sé, como obligado a involucrarme.
—¿Acaso no confías en mi ojo clínico? He dirigido más de cien castings.
—Sí, pero quizá podría sugerir algo, ¿no crees?
—Puede ser, puede ser. He mandado a dos agencias la información del perfil del personaje. Vamos a ver a quiénes envían.
—¿Y si no nos convence ninguna de las actrices que manden?
—Llamamos a otra agencia. Buscaremos hasta que alguna nos convenza
—Pero eso puede atrasarnos el calendario
—No importa. Fofa es primordial. No pienso filmar una sola escena antes de encontrarla.
—Bueno, por último, podríamos avanzar con tomas de apoyo en las locaciones exteriores. No hay que entramparnos tampoco.
—Ni hablar: primero Fofa, después lo demás. Ella es la piedra angular de la historia. Tenemos que ubicarla para después empezar. Aunque sea por cábala. Continuar leyendo. ›

Era un calmado domingo por la tarde. Estaba en casa de mi chica, viendo la tele, bajando el opíparo almuerzo que acabábamos de ingerir. Mi auto, como siempre, estaba aparcado afuera, pegado al sardinel, bajo la sombra de un árbol. De repente, mientras zapeaba distraídamente, se oyó el timbre. Sonó dos veces. Intrigados por la insistencia, preguntándonos quién podría ser, mi chica y yo nos asomamos a la puerta.
Al abrirla, nos topamos con la figura tosca de una mujer de unos setenta años, levemente jorobaba, con ambigua expresión de ternura y maldad. Desprovista de gorro y escoba, pero luciendo una verruga en la quijada, la mujer guardaba el aspecto de ser una bruja retirada, o fuera de servicio.
En su rostro –jaspeado por irregulares sombras rojas, azules y violetas, producto de un maquillaje sin pulso– todos los músculos se concentraban formando una sólida mueca que yo interpreté como un rictus de fastidio. De pronto, cuando ya iba a preguntarle qué se le ofrecía, la bruja rompió su silencio, clavándome una pupila en la frente. “Vivo a la vuelta y acabo de chocar ese auto que, supongo, es tuyo. Como puedes ver, he tenido la decencia de venir y tocarte la puerta: otro ya se hubiera fugado. Quiero que vengas a ver el raspón para arreglar esto de una vez, no tengo tiempo que perder”, explicó la anciana contrahecha, sin ánimo de dar la menor disculpa, casi ofendida, con cierto tufo de desprecio hacia la obligación moral de tener que ponerme en aviso de su infracción.
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[Pregunté el por qué a tantas cosas. Lo que escuché no me gustó]
Los Secretos
Es noche de sábado. La garúa, la aglomeración de nubarrones y la ventisca circulante hacen que este día de primavera sea una mal disimulada prolongación del invierno reciente. Una noche de octubre con clima de julio. Pese al frío, la gente se ha volcado sobre las calles con devoción. Es uno de esos fines de semana intensos, telúricos en que muchos jóvenes y adultos parecen haberse puesto de acuerdo para escapar de casa y asaltar la ciudad, ponerla en movimiento, saquearla y desfondarla hasta que rechine el óxido de la última hora de la madrugada. Buena parte de los limeños tiene ese tipo de actitudes cómplices y grotescas: salen todos o ninguno. Siempre extremistas, además, siempre hasta el final, hasta que nos meen los perros, dicen, hasta que nuestros cuerpos, irreconocibles, regresen en bolsas negras a sus dormitorios. Más que en grupos o manchas, los chicos y chicas hoy se desplazan en hordas, en enjambres atolondrados, buscando romper límites para saborear alguno de los muchos excesos que la educación y la sobriedad les niega. Son graciosos los burgueses típicos: se indignan con el proceder salvaje de las pandillas marginales, pero ellos, a su manera, actúan muy parecido. No serán pirañas ni delincuentes consagrados, pero entre juerga y juerga, entre droga y droga, domestican su propia violencia.
Una amiga, Elena, me animó a venir a este bar–discoteca de San Isidro cuyo nombre no recuerdo. Dice que está muy de moda. Por lo general, no acudo a sitios como este. Como este ni como ninguno, para ser franca. Salgo poquísimo, y cuando lo hago elijo caer en reuniones. Hay más intimidad, más posibilidades de conocer a alguien interesante en una casa que en un establecimiento, eso me queda claro. En Lima escasean los chicos y chicas con rollo, con seso, los pocos que conozco deambulan entre reuniones pequeñas y fiestas domésticas, pocas veces pululan por bares o discotecas ostentosas como esta, donde todo impacta desde el aspecto. Es curiosa la conducta reticente de algunos habitúes de las discotecas: se gustan, se observan, pero se miden, sobreactúan, ralentizan sus movimientos como si la noche fuera una larga partida de ajedrez, mientras por dentro arden en ganas de vivir, de acercarse, de conocerse, de tocarse, de irse a la cama. Muchas veces regresan a sus casas desolados, arrepentidos de tanta inútil teatralidad, pero la siguiente vez repiten la misma exacta pantomima. Ni siquiera es cálculo o táctica, sino pura inseguridad, puro pavor al rechazo. Continuar leyendo. ›

Reclinado sobre la blanca camilla del consultorio del doctor Iglesias, con los pantalones abajo y el orgullo en el suelo, asumiendo la indecorosa posición de quien va a recibir una inyección o tal vez un palmazo, percibo por inusual vía la baja temperatura del ambiente exterior.
A través de una ventana levemente abierta, una brizna de viento –comprimida aunque fibrosa– ingresa en mi cuerpo atravesando el conducto natural de mi retaguardia descubierta, proporcionándome inesperada información acerca del húmedo estado atmosférico. Dieciséis grados centígrados, advierte mi ano (o calcula mi culo), con la precisión de un sensible termómetro biológico. El aire –llegado en punta–, además de facilitar una veloz medición del clima, hace las veces de pomada aislante que me prepara para lo que está por ocurrir allí atrás.
Llegué a esta clínica hace una hora, buscando en el área de Urología al doctor Pedro Iglesias para atenderme. La preocupante e intempestiva aparición de un lunar deforme y peludo en la superficie de una de mis glándulas testiculares –la derecha, para ser preciso–, me obligó a indagar por un especialista. Fue mi buen amigo Chicho Hidalgo el que me recomendó a Iglesias luego de que este lo librara de una venérea terrible que le tenía inflamado el escroto. “Visité a cuatro médicos antes que a Iglesias, pero solo él pudo curarme”, me contó Chicho una vez a salvo de su incómoda lesión. Continuar leyendo. ›

La otra tarde, a través del chat del celular, me llegó un mensaje de Eugenio, mi ex psicoanalista. Me preguntó si estaba en Lima y si nos veríamos esa noche, tal como habíamos quedado. Era un mensaje rarísimo, considerando que abandoné la terapia un año atrás y desde entonces no mantengo comunicación con él. Solo para contextualizar: dejé de ir a terapia luego de que me detectaran una hernia lumbar; eso me obligó a concentrar mi preocupación y mi dinero en un tratamiento que me ayudara a calmar esa porfiada dolencia que me tenía (aún me tiene) con recurrentes hincones en la columna, sin poder jugar siquiera diez minutos de un partido de fulbito. Entre cuidar mi espalda o mi cerebro, elegí lo primero. Continuar leyendo. ›
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