La vida no está allí

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Me topo en una revista con una foto de Johnny Depp y un titular que sugiere que el actor piensa dejar el cine muy pronto. En el texto interior, al momento de abordar el tema, Depp reflexiona: “Llega un momento en que te das cuenta de que has pasado la mayor parte del tiempo diciendo palabras que no son tuyas, palabras escritas por otros. En adelante quisiera parar, y decir mis propias palabras, tener mis propios diálogos”.

Así de sencillo. A los 50 años, el ciudadano norteamericano John Christopher Depp, natural de  Kentucky, se siente un embustero. Está harto de salir en la pantalla grande. Está cansado de que la ficción suplante su vida. Se ha pasado tres décadas interpretando personajes —la mayoría geniales, perturbadores, entrañables— que a la vez que le han reportado celebridad y millones han mermado su existencia de carne y hueso, borroneándola como un dibujo que desaparece lentamente.   Continuar leyendo.

Uno de los nuestros

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Del 2009 en adelante los Cisneros se mueren a razón de uno por año.

Primero fue el primo Fonchín, después el tío Luis Jaime, siguió el tío Adriano, luego el primo Toño, y ahora se suma el primo Pepe Chalo. Suena macabro, pero tengo la impresión de que en la familia ya no sentimos la necesidad de organizar almuerzos de reencuentro, acostumbrados como estamos a coincidir tan seguido en pasadizos de hospital, velatorios, cementerios. 

Pepe era un caso muy singular. Entre otras cosas, porque era un hincha, un fanático sentimental del apellido. La propaganda y difusión de cualquier actividad pública que incluyera a un Cisneros siempre corría por su cuenta. Entusiasta y generoso, jamás dejó de asistir a esos eventos por muy aburridos que estos fuesen (como los recitales de poesía en que yo participaba). Igual sucedía con las reuniones privadas, los cumpleaños, los aniversarios, las Navidades, las parrilladas por el Día del Padre: era de los primeros en llegar, de los últimos en irse, y —entre el primer trago de cerveza y el último seco de ron— se ocupaba de documentar cada momento con fotos y filmaciones, como queriendo perpetuar esas risas, esa fraternidad, esos fogonazos de plenitud. Continuar leyendo.

Cinco días en cama

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La primera gripe del año, la de junio, estuvo bien. Apenas tuve calentura, el cuerpo algo cortado, los estornudos clásicos. Todo manejable, digamos. Me dieron descanso médico por un día; un día que, conectado al fin de semana, me cayó como le cae un feriado-puente a los empleados del sector público. Pude leer, ver películas de Tarantino, actualizar este blog, relajarme y olvidar el mundo de noticias, ruido y bullicio en que normalmente me desenvuelvo. Hasta deseé por dentro enfermarme otra vez para poder abandonarme a esos placeres solitarios tan gratificantes, que son la razón de que viva así: sin compañía, acostumbrado a ser el dictador maniático que gobierna mi tiempo, mis apetitos, mis miserias, sin molestar a nadie, sin que nadie me moleste.  

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El sobreviviente

Gabriel

 

Gabriel era el gordito ruloso del barrio. El máximo fan de U2, Soda, Danza Invisible. Del rock en general. Estaba hecho para la música, aunque no para los deportes: perezoso en el fútbol, sin reflejos en pimpón, poco ortodoxo con la bicicleta. Una vez frenó en seco una bici montañera, salió disparado del asiento y su cuerpo —tras ofrecer un concierto de involuntarias cabriolas en el aire— cayó malamente en la pista, al interior de un bache. Se rompió la clavícula y tuvo que reposar un mes, enyesado en una incómoda posición en la que su brazo rígido parecía apuntar permanentemente al horizonte. 

“Horizonte” es una palabra pertinente para hablar de Gabriel, porque siempre se sintió acotado, castrado por las fronteras, aburrido de los límites. Por eso defendía la libertad con singular ímpetu. No solo la suya, por cierto, también la de los animales, en especial la de nuestras mascotas, que él —que soñaba con ser veterinario— veía como tristes seres vivos en cautiverio, urgidos de una mano amiga que los devolviese a su estado salvaje. Una mañana se le ocurrió abrir la jaula de los pericos australianos de mi hermano menor, que con ojos acuosos siguió el vuelo sin retorno de sus costosísimas cotorras de pecho turquesa. Tuvieron que pasar varios meses antes de que mi familia volviese a recibir a Gabriel con hospitalidad.  Continuar leyendo.

Doctor Tarantino

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Un resfrío criminal me tiene tendido en la cama, envuelto en frazadas de polar, cubierto de chompas, chalinas, medias de lana y un gorrito con pompón. Parezco un galán de asilo. Dado que soy sumamente alérgico a la mayoría de medicamentos con que se suele combatir los escalofríos, la fiebre, la tos y la rinitis (una inofensiva aspirina me resulta mortal) solo me queda apelar al sacrosanto remedio casero: el clásico tecito caliente con limón, kion y una cucharada de miel de abeja. Un poco de ese brebaje y algún material distractivo serán suficientes para sobrellevar estos rigores.  

Reviso el estante de dividís como quien rebusca el botiquín. Encuentro un pack de cuatro películas de Tarantino que no recuerdo haber visto, y me las automedico en el acto. Esto es lo que necesito, digo. Un purgante efectivo. No jarabes melosos como Forrest Gump o Happy Feet. 

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Feriado Tóxico

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Todos hacen planes en fiestas patrias. Planes exentos de patriotismo, por cierto. Porque la gente no quiere homenajear al Perú tanto como homenajearse a sí misma. Nadie espera julio para bordar una escarapela, revisar los capítulos de la Independencia, o sentarse a ver las pompas oficiales por TV. Ese es el último recurso, el peor plan, con el que nadie sueña. La mayoría prefiere moverse, salir, largarse. Al menos en Lima muchos aprovechan las fiestas para escapar de la ciudad con rumbo a Pozuzo, Matucana, Lunahuaná, Máncora, Tarma, o siquiera Cieneguilla o, ya, por último, Lurín, Pachacámac o Chaclacayo.

Desde hace un par de semanas mis amigos buscan desesperados destinos y hoteles por Internet, y comparten sus recomendaciones por Facebook, en tediosos mensajes grupales que reviso por encima, despreciando un poco el entusiasmo infantil con que están escritos. Pareciera que viven secuestrados en un manicomio infernal y ansían fugarse cuánto antes. Como casi todos están casados, tienen hijos pequeños y abusivos horarios de oficina, su desesperación es razonable.  Continuar leyendo.

Delirios de Enfermo

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Hay días en que pienso que escribir aquí es un ejercicio inútil; que me quita el tiempo y la energía que necesito para poder llevar a cabo mi próximo libro; que ya pasó la época en que los blogs y yo guardábamos alguna sintonía; que es mejor dejarlo morir poco a poco hasta que llegue el día en que sea desactivado.   

Hay otros días en que simplemente me gana la flojera. Y otros en que me doy cuenta de que no tengo nada que contar; entonces comprendo que es mejor el silencio antes que emprender un relato banal plagado de frases hechas e intrascendentes.

Pero también hay días como este en que —quizá azuzado por la gripe, la fiebre, o el alivio de no tener que moverme de casa— siento que necesito comunicarme con los lectores de esta bitácora, en el caso de que todavía quede alguno, y dejarles saber lo que pasa por mi cabeza. Quiero creer que eso les importa, aunque no les importe. Quiero creer que eso los lleva a pensar en sí mismos, aunque no los lleve a ninguna parte. Quiero creer que lo que a mí me pasa es solo una variante matizada de lo que les pasa a ellos.   Continuar leyendo.

Perdido en el Barrio

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Es domingo, mediodía, y doy vueltas en bicicleta por Monterrico, mi barrio desde hace más de veinte años. Recuerdo lo mal que me supo enterarme allá por el 84 que dejaríamos Miraflores para mudarnos a este distrito, que entonces me parecía tan remoto como Chosica o Santa Eulalia. No nos va a visitar nadie, mejor vamos a vivir a La Cantuta, renegaba.

Con los años, sin embargo, me adapté, no solo al clima rústico de Surco, sino a sus apacibles calles residenciales, su comodidad pequeño-burguesa, sus avenidas sin tráfico, salpicadas de aislados comercios y negocios que le daban al paisaje un fondo de tardía urbanidad. Continuar leyendo.

El ladrillo inservible

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He oído la denuncia de que en varios colegios del país se estudia Matemáticas con textos plagados de errores. No sé bien cuál es la novedad, pues para mí esos libros malignos siempre estuvieron llenos de equivocaciones, de erratas, de trampas, de resultados fallidos que jamás coincidían con las respuestas que yo obtenía en el cuaderno tras largas horas de un razonamiento numérico y conjeturas lógicas que devenían en colapso cerebral.

De todos esos libros evoco con especial aversión el Baldor de Álgebra, en cuya tapa dura aparecía –sobre el fondo de una soleada Bagdad– un hombre barbudo con turbante rojo y pupilas de serpiente. Dicen que era el retrato de un famoso astrónomo persa, pero bien pudo tratarse del identikit del primer terrorista de Al Qaeda, porque si algo suscitaban en mí las operaciones imposibles de ese infame libraco era justamente eso: terror. Un terror no solo mental, sino orgánico, que se manifestaba en náuseas, ardores abdominales y oleadas de depresión cada vez que nos pedían abrir sobre la carpeta aquel Atlas de ecuaciones, teoremas, fracciones, residuos, coeficientes, amén de rebuscados múltiplos, complejos divisores e intragables logaritmos. Continuar leyendo.

El Gladiador Embarrado

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Delante de la piscina de plástico cubierta de lodo en donde dos pulposas vedetes sostenían un reñido combate cuerpo a cuerpo, presintiendo la inminencia de su borrachera, Mauricio se arrepintió por un instante de no haber sido del todo sincero con Isabel, su novia.

Le había contado que ese sábado saldría con la gente del barrio a tomar unas cervezas por la despedida de soltero de Agustín, y no había faltado a la verdad. Es cierto que el “Sagitarius” no era precisamente el bar barranquino en el que prometió permanecer toda la noche, pero qué podía hacer: cómo hubiera podido convencer a Isabel de que ir a un night club podía ser un plan inofensivo. Siendo como era, ella jamás lo habría aceptado: siempre limitaba sus salidas, controlaba sus horarios, determinaba qué locales era pertinente que visitara, es decir, castraba hasta su más mínimo amago de independencia. Por eso no tenía alternativa: debía aprovechar que Isabel andaba ese fin de semana de viaje para celebrar la última noche de soltero de su pata Agustín en ese oscuro rucódromo, célebre por sus shows en vivo animados por las más requeridas bataclanas del medio.

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