He oído la denuncia de que en varios colegios del país se estudia Matemáticas con textos plagados de errores. No sé bien cuál es la novedad, pues para mí esos libros malignos siempre estuvieron llenos de equivocaciones, de erratas, de trampas, de resultados fallidos que jamás coincidían con las respuestas que yo obtenía en el cuaderno tras largas horas de un razonamiento numérico y conjeturas lógicas que devenían en colapso cerebral.
De todos esos libros evoco con especial aversión el Baldor de Álgebra, en cuya tapa dura aparecía –sobre el fondo de una soleada Bagdad– un hombre barbudo con turbante rojo y pupilas de serpiente. Dicen que era el retrato de un famoso astrónomo persa, pero bien pudo tratarse del identikit del primer terrorista de Al Qaeda, porque si algo suscitaban en mí las operaciones imposibles de ese infame libraco era justamente eso: terror. Un terror no solo mental, sino orgánico, que se manifestaba en náuseas, ardores abdominales y oleadas de depresión cada vez que nos pedían abrir sobre la carpeta aquel Atlas de ecuaciones, teoremas, fracciones, residuos, coeficientes, amén de rebuscados múltiplos, complejos divisores e intragables logaritmos. Continuar leyendo. ›
Delante de la piscina de plástico cubierta de lodo en donde dos pulposas vedetes sostenían un reñido combate cuerpo a cuerpo, presintiendo la inminencia de su borrachera, Mauricio se arrepintió por un instante de no haber sido del todo sincero con Isabel, su novia.
Le había contado que ese sábado saldría con la gente del barrio a tomar unas cervezas por la despedida de soltero de Agustín, y no había faltado a la verdad. Es cierto que el “Sagitarius” no era precisamente el bar barranquino en el que prometió permanecer toda la noche, pero qué podía hacer: cómo hubiera podido convencer a Isabel de que ir a un night club podía ser un plan inofensivo. Siendo como era, ella jamás lo habría aceptado: siempre limitaba sus salidas, controlaba sus horarios, determinaba qué locales era pertinente que visitara, es decir, castraba hasta su más mínimo amago de independencia. Por eso no tenía alternativa: debía aprovechar que Isabel andaba ese fin de semana de viaje para celebrar la última noche de soltero de su pata Agustín en ese oscuro rucódromo, célebre por sus shows en vivo animados por las más requeridas bataclanas del medio.
De modo que este es el famoso Stedelijk, pensó Carlitos mirando de arriba abajo el edificio surrealista en forma de lavabo gigantesco donde funciona el Museo de Arte Moderno de Ámsterdam. Llevaba años esperando visitarlo. Por eso traía esa sonrisa bovina, que solo deshizo en trompa para darle un sorbo a su vaso de café de máquina. Eran las nueve de la mañana: le intrigó que, mientras se colaban ramalazos de viento helado entre los tejidos de su chompa, en el cielo el sol girara como una antigua yema de huevo.
Carlitos se colocó al final de la cola, esperó su turno, pagó la mitad de la entrada con un carné de estudiante vencido, e ingresó raudo con dirección a la segunda sala del primer piso, la de Nuevo Realismo. Caminó por el cuarto observando las pinturas y esculturas, tomó vagas anotaciones en su libreta, y aprovechó la menor distracción del vigilante para fotografiar con su celular los cuadros más celosamente expuestos.
Raúl vivió y trabajó desde muy joven en nuestra casa de la calle La Paz, a solo dos cuadras de la bajada de Armendáriz, en Miraflores. Llegó a los 19 años. Era un chiquillo bajetón, que poseía cierta musculatura desarrollada a punta de lagartijas en el servicio militar, y una cabellera hirsuta que fue escaseando con el paso del tiempo hasta reportarle una temprana calvicie. Su complicidad y nobleza lo convirtieron rápidamente en un hermano mayor capaz, por ejemplo, de falsear temerariamente la firma de mi papá en nuestros exámenes jalados. Por cierto, nunca lo llamamos Raúl: su nombre y apelativo siempre fue “Zambo”, por su tez trigueña oscurecida por el sol de Condorcanqui, la provincia de Amazonas donde nació.
Estoy en un concurrido almuerzo familiar. Mientras espero que sirvan la comida abro el libro de poemas de mi tío Adriano Cisneros que acaba de publicarse póstumamente. En la foto de portada aparece él, inmortal, con traje de arquerito del Champagnat. Al leer la semblanza introductoria me detengo en un dato asombroso que desconocía y que jamás hubiese imaginado: mi tío estuvo presente en el estadio Maracaná de Rio de Janeiro el 16 de julio de 1950, es decir, la histórica tarde en que Brasil perdió la final de la Copa del Mundo contra Uruguay. El célebre Maracanazo.
Con el libro en mano, entusiasmado pero incrédulo, busco a algunos de mis tíos para corroborar lo que acabo de leer. Me topo con mi tío Renato, que al oírme añade con la mayor naturalidad: “Claro, al Maracaná fuimos Adriano, yo, y mi madre”. ¿Quéeee?, le contesto, absorto. ¿Me estás diciendo que tú estuviste allí? Espera, ¿y dijiste que tu madre también? ¿O sea que Mamina, mi abuela, estuvo en el Maracanazo? ¿Cómo así? ¿Por qué nunca me contaron nada de esto? Las preguntas salen de mi boca con voracidad. El hambre que traía de pronto cede ante el apetito de información que comienza a desbordarme. Mi tío celebra mi sorpresa y arranca la historia. Continuar leyendo. ›
“El fin de semana estuve en Ancón. La volví a ver. Increíble. Sigue igualita”. El misterioso mensaje de texto de mi hermana me pilló distraído. “¿Qué volviste a ver?”, le contesté, usando un emoticón con cara de intriga. Su siguiente mensaje no solo me abstrajo de aquello que estaba haciendo, sino que provocó una breve pero tenaz parálisis en los músculos que sostienen mi mandíbula: “La casa Usher, pues. No me digas que te has olvidado”.
En el invierno de 1984 mi pasatiempo masoquista favorito era ver películas de terror. Siempre a oscuras, con los pies recogidos sobre el mueble, parapetado bajo una frazada que, más que cuidarme del frío, me servía para cubrirme el rostro y atenuar el ataque de pánico al que voluntariamente me sometía. Vi toda la saga de “Drácula” con Christopher Lee y Peter Cushing en Canal 5, y la temporada completa de “Espectros de medianoche” en Canal 2. Por esos días, precisamente en el 2, anunciaron una película cuyo título era lo suficientemente terrorífico como para no perdérmela: La caída de la casa Usher.
Lo admito con el rabo entre las piernas: de chico conocía al dedillo el Malecón Cisneros pero no al Cisneros del malecón. Crecí creyendo que mi bisabuelo Luis Benjamín (1837-1904) era únicamente el personaje de bigotito poblado y ojos tristes que mi enciclopedia Larousse describía escuetamente como: poeta, político liberal y diplomático peruano.
Recitaba de memoria sus poemas pero nunca me interesó bucear en su biografía, curiosear en el subtexto de su obra, ni averiguar por qué su apellido (es decir, el mío) bautizaba ese largo terraplén que limita a Miraflores con el mar. A los diez años podar mi árbol genealógico se me antojaba aburridísimo: esa labor de alta jardinería era tarea de mis tíos Luis Jaime o Gonzalo. No mía.
El Schiphol intimida hasta al pasajero más fogueado. Los turistas, empequeñecidos ante su gigantismo, están obligados a recorrerlo con la guardia levantada, redoblando su atención, sin audífonos ni aparatos distractores. Porque el Schiphol es un aeropuerto intercontinental pero también podría ser una ciudad psicodélica dentro de Ámsterdam, o una fortaleza futurista, o mejor aún, un laberinto vivo capaz de tragarse al primer viajero despistado que se atreva a ignorar lo que aconsejan sus letreros y señales. A ver, hazle eso al Schiphol: camina distraídamente por sus tres plataformas, sus decenas de corredores, pasadizos, escaleras mecánicas y fajas eléctricas; camina por su bosque de tiendas y establecimientos apeñuscados sin seguir las indicaciones cambiantes de sus pantallas táctiles, desoyendo al Oráculo que da instrucciones a través de los parlantes, creyendo que podrás llegar por ti mismo a tu sala de embarque o a la puerta de salida. Solo inténtalo y el mastodonte te privará de tu vuelo o conexión, también de tu cordura. Te sentirás más nervioso y extraviado que Hansel y Gretel juntos en la medianoche del cuento de los hermanos Grimm. El Schiphol es un aeropuerto solo si decides obedecerlo. Si no, es una prisión extravagante, un iluminado manicomio del que podrías tardar años en escapar.
Me declaro un ciudadano 1.0. Es decir, un usuario muy básico, diría elemental, gravemente desavisado en lo que se refiere al entendimiento de un software y el manejo de un gadget. (De hecho, “software” y “gadget” son términos que uso aquí únicamente para disimular mi impericia).
Es cierto que administro un blog; que tonteo en Facebook; que reviso Twitter; y que me sorprendo con las aplicaciones de mi Smartphone, cuyo coeficiente intelectual me hace sentir en diaria desventaja. Pero eso es todo. A eso se reduce mi experiencia cotidiana con la tecnología, la misma que podría despertar la lástima de los nativos digitales, que están habituados desde el día de su nacimiento a las pantallas, los clicks, las multifunciones.
A los 37 años, León Tolstoi publicó la primera parte de “La Guerra y la Paz” en la revista literaria El Mensajero Ruso; la había comenzado a escribir un año antes, mientras se recuperaba de la fractura de un brazo tras caer del caballo en una partida de caza. A los 37 años, Nelson Mandela participó del Congreso del Pueblo, donde se adoptó la Carta de la Libertad, documento de oposición al Apartheid que fue clave en la consecución de la libertad del pueblo sudafricano; durante aquel evento Mandela escapó de la policía llevando puesto un disfraz de lechero. A los 37, Freddie Mercury conoció en un bar gay londinense a su último gran amor, Jim Hutton, un barbero irlandés que trabajaba en el Hotel Savoy y que nunca había escuchado una sola canción de Queen: estuvieron juntos durante siete años, hasta la muerte del cantante.
A los 37, Alfred Hitchcock filmó sus dos mejores películas de espionaje: Sabotaje —basada en una novela de Joseph Conrad— y El Agente Secreto; a esas alturas ya llevaba 23 cintas dirigidas, entre ellas la celebrada El Hombre que sabía demasiado. A los 37 años murió Michael Hutchence, vocalista de INXS, luego de colgarse de la puerta de su cuarto de hotel con un cinturón; el parte policial indicaba que su cuerpo estaba infestado de estupefacientes. También a los 37 murieron Rimbaud, Rafael Sanzio y Van Gogh; este último, pocos meses antes de su fallecimiento, asistió a una exposición en Bruselas donde una artista le compró “El Viñedo Rojo” por 400 francos (700 euros): fue el único cuadro que consiguió vender en vida.
Con 37 años, el ilusionista húngaro Harry Houdini inventó su truco más famoso: La Cámara Acuática de Tortura China, un contenedor de agua revestido de acero en el que era introducido boca abajo, con los pies engrilletados: los espectadores lo contemplaban estremecidos ante la posibilidad de que se ahogara lentamente. A los 37, Benjamin Franklin fue elegido presidente de la Sociedad Filosófica Estadounidense: aún le faltaba una década para inventar el pararrayos. A los 37, George Lucas escribió el guión de Los Cazadores del Arca Perdida; un par de años antes había escrito los guiones de La Guerra de las Galaxias y El Imperio Contraataca.
Las actrices Marion Cotillard, Drew Barrymore y Charlize Theron tienen actualmente 37 años. También el torero Cayetano Rivera, el cantante Michael Bublé y el golfista Tiger Woods. A los 37, una década exacta después del primer número de Playboy, Hugh Hefner fue arrestado y enjuiciado por vender literatura obscena tras publicar fotos de la actriz Jane Mansfield completamente desnuda. Con 37, el alemán Michael Schumacher se retiró del automovilismo, el español Andoni Zubizarreta del fútbol, y el argentino Guillermo Vilas del tenis.
A los 37 años, Adolfo Chuiman era un actor de carácter en obras de Bretch y Lorca: aún no pisaba los sets de Risas y Salsa. A la misma edad, Ricardo Belmont conducía la segunda edición de la Teletón. A los 37, Chabuca Granda compuso el tema “José Antonio”, dedicado a José Antonio de Lavalle y García, un criador de caballos barranquino. Siete años antes había escrito la letra de “La Flor de la Canela”.
Todo este recuento es solo un pretexto para contarles que ayer sábado cumplí 37 años. Y me temo que en las últimas semanas, días, horas no realice nada genial, nada alucinante, ni nada descabellado como lo que en su momento hicieron los dilectos miembros de esta Liga. Una vez más la apatía y el desasosiego conspiraron para impedirme pasar siquiera un ratito al patio trasero de la historia.
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[Al final del post anterior había dejado colgado un vídeo de fin de año que hicimos con Robotv. Un problema técnico ya superado impidió que lo vea la mayoría. Si les provoca, pueden buscarlo ahora]
[Gracias a quienes me saludaron a través del Facebook, del Twitter y la radio. Se siente bien saber que hay una ola de cariño rondándome]