
Era un jueves de primavera. Un jueves del dos mil ocho. Estaba en el bonito departamento de la mamá de Robotv (la Tía Lucy) a punto de almorzar. Eran casi las dos de la tarde. Robotv y yo habíamos pasado toda la madrugada trabajando afanosamente un proyecto editorial. Estábamos ciertamente cansados pero sobre todo hambrientos. Mirábamos la tele cuando desde la sala nos invitaron a pasar a comer. Aquella tarde había varios comensales en la mesa: la Tía Lucy, Mariana –una de las tres hermanas de Robotv–, una amiga de Mariana y el Doctor Chaos. En total, sumábamos seis. Continuar leyendo. ›

[Nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio]
J. M. Serrat.
Es jueves por la noche y Raro sale de su casa dispuesto a embriagarse. Se detiene a esperar un taxi en la esquina de su cuadra, en el cruce de San Borja Norte con San Luis, pudriéndose de frío. Minutos antes había pensado ponerse una casaca sobre la camisa manga larga, pero le dio flojera la idea de tener que quitársela dentro del bar y llevarla cargada como un molestoso bulto. Un taxi verde se detiene ante su brazo extendido. Raro negocia el precio con el chofer –diez soles hasta Barranco– y unos segundos después aborda el auto por el lado del copiloto.
La música que sale de los parlantes es horrenda: una cumbia lastimera que automáticamente le recuerda a Lucía, su novia, mejor dicho su ex novia, la que hace poquito le puso los cuernos. Técnicamente, se los puso hace dos meses, solo que él acaba de enterarse un par de días atrás. Lleva la herida fresca, inflamada, oculta pero en carne viva. Continuar leyendo. ›

A menudo la gente me dice que soy un comeaños. O sea, que no aparento mis 34 malditas primaveras, y que mi cuerpo viene camuflando con cierto (menguado) éxito su trajín, su antigüedad, su incipiente decrepitud.
“Estás igualito que en quinto”, repiten las chicas del colegio cuando las encuentro por la calle, rodeadas de hijos chillones que –al oír a sus mamás presentarme, innecesariamente, como su tío– se callan, aspiran sus mocos y me miran con recelo y cautela, como se miraría a una tarántula (o a un efectivo de la división de Águilas Negras de la policía peruana). “Estás idéntico”, subrayan ellas, sorprendidas, levantando las cejas, arrugando los pliegues de ese cutis fogueado que reclama con urgencia el trazo corrector de un bisturí. Continuar leyendo. ›

Desde muy chico me di cuenta de que el patriotismo exacerbado era un despropósito, un tipo de locura que puede provocar serias lesiones mentales en quien la padece. Lo supe, básicamente, por lo que ocurría con Alfredo Mendoza, uno de mis mejores y más queridos amigos del barrio de La Paz, en Miraflores. El papá de Alfredo era un ogro nacionalista, un hooligan del Perú, un lejano sobrino-nieto de Velasco Alvarado que creía que la patria estaba por encima del universo. Fanático, medio revoltoso, era más cacerista que el propio Cáceres. A su lado, todita la familia Humala Tasso quedaba igual de mansa y dócil que la familia Ingalls. Continuar leyendo. ›

MIÉRCOLES 30 DE JUNIO.
Esta noche el Jorge Chávez luce tranquilo. Parece una joyería, no un aeropuerto. Cero laberintos, cero aspavientos, cero aglomeraciones detrás de sus puertas de vidrio. Me registro con facilidad en el mostrador de LAN, saludo al resto de periodistas con que voy a viajar directo a San Francisco y me pierdo, solito, rumbo a la sala de embarque.
Me detengo quince minutos en las cabinas de Internet para revisar ociosamente mi correo; luego paseo por la tienda más grande del segundo piso sin buscar nada específico. A mi lado, unos incautos alemanes compran chullos por veinte dólares y se toman con el celular fotos que después seguramente colgarán en el Facebook como descargas móviles. Tienen la cara insolada y aspecto pringoso, como de no haber probado ducha en días. Continuar leyendo. ›

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Desde muy chicos, los hombres ya muestran inclinación por el juego militar. Compran ejércitos de esos soldaditos de plástico completamente verdes que –inmóviles, histriónicos– disparan fusiles y bayonetas en diferentes posiciones; lanzan granadas; se arrastran por el suelo como lagartijas; reciben el eventual impacto de un proyectil enemigo; algunos incluso fallecen, estáticos, petrificados, sin caer nunca al suelo.
Con esos soldados de mentira, los chicos arman una guerra de verdad: largos días y noches de batallas estruendosas, apocalípticas, que se desatan en la Vietnam del jardín. Son combates ruidosísimos, pero cuyos estallidos, bombas y estertores se oyen solamente en lo más profundo de la imaginación del infante. Continuar leyendo. ›

Mi pasado está lleno de jardines. No tanto de jardines públicos, como sí de jardines caseros: con su flora variada y aromática, con su fauna de petirrojos, grillos y chanchitos.
Tengo como inolvidable, por ejemplo, el jardín de mi abuela, la Mamina, la mamá de mi papá, ama y dueña del primer piso de la casa miraflorina donde crecí. Mis recuerdos de entonces son borrosos, pero en mi mente ella aparece –cabeza cana, gruesos anteojos, vestido negro, chancletas– sacudiendo una manguera entre geranios, helechos, enredaderas. A su costado, Tembo, el perro –puedo verlo– husmea y arranca puñados de pasto con el hocico. Continuar leyendo. ›

Tengo un problema con la espalda. No, malpensados, no me suda, pero sí me duele.
Lo digo sin afectación, con calma, consciente de que ese dolor es producto del tiempo que paso sentado. ¿Cuánto es exactamente? No lo sé, pero podría aprovechar este post para sacar la cuenta.
Empezaré con mis aplatanamientos radiales.
Para hacer los programas de Oxígeno y RPP tengo que estar obligatoriamente sentado de seis a diez de la mañana y de seis a ocho de la noche. Ahí nomás ya tenemos SEIS horas diarias. Continuar leyendo. ›

Más que una fiebre mundialista, estamos viviendo apenas una gripe, un catarro, una leve calentura futbolera. Comparada con la antesala de otras Copas, la de Sudáfrica la percibo fría, desangelada, sin vibra, medio muerta.
Como buen hincha, trato de propagar entre mis amigos el ánimo picante que debería reinar en el umbral de un campeonato de tanta magnitud. Promuevo apuestas, conversas, reuniones para ver los amistosos internacionales y lanzar pronósticos, pero ellos, nada, no se inmutan. Con ellos no es.
Su escepticismo está bien sustentado, supongo. Continuar leyendo. ›

Cuando estás triste o enojado (porque a veces el enojo es una manifestación agresiva de la tristeza) es saludable pensar, como yo ahorita, en las cosas que tienen la facultad de hacerte reír, las que te sacarían de algún apuro anímico, de alguna depresión.
El fin de semana pasado terminó y me encontró encabronado conmigo mismo. Mi vehemencia me demostró que soy menos buena persona de lo que creía: propicié una situación desagradable y acabé haciendo daño a terceros. Continuar leyendo. ›
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