Más que una fiebre mundialista, estamos viviendo apenas una gripe, un catarro, una leve calentura futbolera. Comparada con la antesala de otras Copas, la de Sudáfrica la percibo fría, desangelada, sin vibra, medio muerta.
Como buen hincha, trato de propagar entre mis amigos el ánimo picante que debería reinar en el umbral de un campeonato de tanta magnitud. Promuevo apuestas, conversas, reuniones para ver los amistosos internacionales y lanzar pronósticos, pero ellos, nada, no se inmutan. Con ellos no es.
Su escepticismo está bien sustentado, supongo.
Para empezar, muchos de los jugadores más admirables del planeta no irán al Mundial, ya sea por lesiones irrecuperables, o porque sus entrenadores miopes los dejaron fuera del torneo. Eso reduce claramente la expectativa.
Segundo, las noticias que llegan de la capital, Johannesburgo, son todas deprimentes. La ciudad está hecho un polvorín debido a las amenazas de grupos terroristas. Por si fuera poco, hay graves conflictos raciales que podrían enturbiar el campeonato (y que implican asuntos algo más relevantes que discutir si El Negro Mama regresa a la tele; o si está bien o mal que los negros sean los principales empleados de las funerarias).
Tercero, fuera del tío Mandela, del Apartheid, del racismo salvaje y de su producción vitícola, se sabe tan poco de Sudáfrica que la mayoría de la afición peruana no consigue hacer ‘clic’ con el país anfitrión. Era diferente durante el Mundial de Corea–Japón, porque esos países, siendo incluso más distantes, tienen una tradición que desafía permanentemente nuestra curiosidad, y una organización que provoca muchas veces nuestra envidia.
(…)
No obstante, a pesar de todas esas adversidades, es imposible obviar el tema del Mundial. Nadie puede mantenerse completamente al margen de la Copa, por muy fría que la Copa esté. Tarde o temprano, todos terminamos involucrados, zambullidos en el universo del esperado campeonato.
En mi caso, la lectura diaria de noticias coperas, y el hecho mismo de saber que Sudáfrica 2010 está aquí nomás a la vuelta de la esquina, tiene dos efectos, digamos, mensurables.
Por un lado, me sobreviene una suerte de entusiasmo épico inconsciente, que se materializa durante mis semanales presentaciones en la canchita del colegio Hans Christian Andersen, adonde acudo haciendo gala de un enajenado espíritu profesional. De pronto, me computo jugador del Primer Mundo y me enfundo camisetas oficiales, me coloco medias arriba de la rodilla, me ajusto canilleras, me amarro zapatillas que tienen suela de chimpún, me santiguo antes de ingresar al campo. En otras palabras, actúo como si fuera el Lionel Messi de Valle Hermoso; el Wayne Rooney de Jacarandá; o, por lo menos, el ‘Toñito’ González de la Panamericana.
Todo por culpa del clima mundialista.
El segundo efecto es más bien nostálgico. La cercanía del Mundial me pone melancólico y hace que cabecee el gris rata de las tardes de mayo con los colores aún vivos de mis viejas reyertas pichangueras.
Apoltronado en mi sofá, viendo pasar el gélido otoño por la ventana, recupero de la memoria algunas estampas de mi propio folclor futbolero: inasibles imágenes del pasado que se actualizan en mi corazón, con sus ecos vibrantes, lacónicos, o dramáticos.
De todos los pasajes de mis epopeyas pisteras, no elegiré contar aquí la anécdota fácil de algún triunfito monumental. Ni hablar. Esa tentación es demasiado vulgar como para dejarme arrastrar por ella.
Si voy a compartir algo con ustedes, estimo más atildado, más desafiante, más curioso, extraer de mi expediente deportivo el capítulo más oscuro y vergonzante de todos. Me refiero a la fea mañana de abril de 1994 en que el noble Deportivo Milanesa Fútbol Club (DMFC, por sus siglas) cayó de modo impajaritable en el partido inaugural del campeonato de fulbito de la Facultad de Teología de Santo Toribio, la impopular Santoto.
Al ser el fútbol una disciplina colectiva, aquella jornada de infeliz recordación no la viví solo. Hubo cómplices. El hoy reservadito Robotv, por ejemplo, fue pieza clave de aquel descalabro deshonroso. Y no solo él: Mauricio Castro, Lobito, (amigote varias veces mencionado en mis relatos de Internet) fue otro de los actores protagónicos de esa parodia inolvidable.
Los tres nos conocimos ahí, en la Santoto, luego de sufrir reiterados rebotes en los exámenes de ingreso de otras casas de estudios superiores. Rondábamos entonces los 18 años. Llegamos a la Santoto por separado (todos por la desesperada recomendación de algún familiar compasivo) y nos hicimos amigos de forma automática. Fue más o menos lógico: nos hermanaba la procedencia social, pero también la desolación, la incertidumbre, el no saber a ciencia cierta qué carajo estábamos haciendo ahí.
Aunque no lo decíamos abiertamente, los tres nos sentíamos frustrados. Lo que hubiéramos dado por coincidir y conocernos en el célebre Patio de Letras de la Católica, y no en ese tétrico edificio plagado de gente extraña, sospechosa, reprimida.
Para los que no tienen ni puta idea de qué cosa es el Santo Toribio, se los resumo. Es una institución académica –mitad Seminario, mitad reformatorio– en la que hasta hace pocos años convivían dos clases de estudiantes: centenares de mansos jóvenes religiosos que buscaban consagrar su vida al Señor; y una turba de desaliñados jóvenes laicos que no sabían qué coño hacer con su vida y, mientras tanto, la consagraban al consumo inmoderado de alcohol, tabaco, comida chatarra, entre otros vicios marabuntas.
Nosotros, como bien supondrán, pertenecíamos al segundo género. Éramos de los que pretendían usar la Santoto como trampolín, sin dejarse contagiar por las ideas fanáticas que discurrían en los salones.
Mientras las clases se dictaban en las aulas, Alfonso, Mauricio y yo nos dábamos cita en la cafetería: una fonda ubicada a media cuadra del campus. Allí desarrollábamos diariamente las actividades extracurriculares que caracterizaron a nuestro rebelde Grupo de Estudio: leíamos los titulares de El Mañanero, conversábamos de música, de libros, de mujeres, y deglutíamos los soberbios sándwiches con milanesa que preparaba la dueña del cafetín, a quien cariñosamente bautizamos como La Tía Bigote.
No se trataba de vulgares tiradas de pera. No, no, cuidado. Ese aislamiento, esa toma de distancia era en el fondo una medida reaccionaria, un incomprendido gesto de protesta ante una realidad estudiantil que detestábamos.
Mientras casi todos nuestros amigos del colegio estaban, como era típico, en Estudios Generales de la Católica, la de Lima, la Pacífico, o, por último, de la Richi, nosotros habíamos recalado en ese castillo puntiagudo y silencioso al que costaba llamar Universidad.
Nos daba vergüenza admitirlo los fines de semana, sobre todo a Mauricio y a mí. Salíamos a dar vueltas a Barranco y cuando las chicas nos preguntaban legítimamente “¿y ustedes dónde estudian?”, nosotros nos mirábamos, colorados, y dábamos una serie de rodeos y explicaciones con tal de desviar la conversación. En otras ocasiones, cuando finalmente decidíamos contarlo, la gente se sorprendía: ¿La Santoto? ¿Qué es esa vaina? ¿Un sauna?
No nos gustaba estar allí, pero como tampoco habíamos hecho mucho mérito para estar en otro lado, no podíamos berrear, abandonar la causa y renunciar. Por muy incómodo que fuera, decidimos aceptar que la Santoto era, pues, el lugar que nos había tocado en suerte: un lugar de tránsito, un purgatorio en nuestra sinuosa ruta hacia al cielo (o el infierno) estudiantil.
Como una madre postiza, la Facultad de Teología nos había acogido, salvándonos de tener que volver, por cuarta o quinta vez, a una academia preuniversitaria.
Fue pensando en eso, en que vendrían tiempos mejores, que optamos por soportar los rigores de ese claustro, ese mundo ajeno repleto de curas, monjas, pastores, aspirantes, la mayoría ataviada con hábitos, camisas abotonadas hasta el cuello y crucifijos. Casi todos cargaban biblias y algunos, muy cejijuntos, arrastraban unos maletincitos de cuero barato que escondían quién sabe qué clase de pornográfica documentación.
Había cientos de religiosos. Estaban por todos lados, invitándonos a sus charlas, sus ritos, sus oraciones, sus ceremonias litúrgicas. Girabas en una esquina y –plum– aparecía uno de ellos. Al igual que los Gremlins, parecían multiplicarse al menor contacto con el agua.
Al inicio evitábamos todo tipo de acercamiento, pero pronto nos dimos cuenta de que no nos salía a cuenta interpretar a los bacanes del barrio. La pose de miraflorinos disidentes, el rictus de Bad Street Boys de Barranquito, no funcionaba. Nos miraban con recelo, con un gracioso aire de compasión y superioridad. Como si fuésemos unos pitucos resentidos.
Captamos, entonces, que había que hacer concesiones. Ya saben: si no puedes contra ellos, úneteles. Decidimos actuar. De lo contrario, los siguientes años se convertirían en una pesadilla mayúscula de la que sería difícil recuperarse. Nuestra estrategia temporal consistió en mimetizarnos. Al menos hasta que pudiésemos acumular los créditos necesarios y fugar. Porque ese era nuestro sueño: salir de esa cárcel, trasladarnos a una universidad de verdad, o a cualquier otro sitio, aunque fuese un Cenecape, algo que sonara normal.
Fue así que una mañana, mientras rematábamos el desayuno donde la Tía Bigote, llegó a nuestros oídos el anuncio de un próximo campeonato de fulbito.
Era una oportunidad imperdible. Si participábamos, podríamos confraternizar cínicamente con los religiosos y así lograr que dejaran de mirarnos con su consabida cara de culo. Por otro lado, podríamos ganar prestigio, popularidad, respeto. Si obteníamos el campeonato y levantábamos la Copa delante de todos esos freaks, dejaríamos de ser considerados la escoria laica del Santoto y quizá seríamos vistos como lo que en el fondo éramos: un pequeño pelotón de muchachos confundidos, pero de buen corazón, que estaban pasando por un bache, un tumbo vocacional.
Recuerdo que al momento de inscribirnos fue Alfonso el que propuso el nombre. “Que el equipo se llame Milanesa”, sugirió, sin dejar de masticar una pechuga apanada. Los demás estuvimos de acuerdo.
Para que los organizadores admitieran nuestro ingreso al torneo tuvimos que convencer a otros tres laicos de que nos acompañaran en la aventura futbolera: Paul, César y Jeremy. Ellos eran nuestros refuerzos. Una tarde los sentamos en el cafetín y tomé la palabra. Para persuadirlos, los miré directamente a los ojos y les aseguré que su compromiso era imprescindible. Con tono proselitista, subrayé que se trataba, no de una mera justa deportiva, sino de un desafío de orden político y moral; que no pelearíamos por los puntos sino por la dignidad; que lo que estaba en disputa no era el irrelevante título del campeonato, sino la libertad misma, la tolerancia, el inmaculado derecho a poder caminar por el patio sin que esos mequetrefes nos mirasen como si fuésemos una orquesta de leprosos.
“Ya, pe, qué chucha, apúntanos”, fue la unánime y poco convencida respuesta que me devolvieron esos tres insensibles al final de mi conmovedor alegato.
(…)
Los días siguientes estuvimos atentos a la publicación del cronograma de partidos, pero tal cosa nunca ocurrió. La organización del torneo era tan descuidada que la difusión del fixture se realizaba de boca en boca. Por eso no fue extraño que nos enteráramos de nuestro debut solo veinte minutos antes de que se produjese. Como es natural, nadie estaba mentalmente preparado ni vestido para la ocasión.
Un ‘cuervo’ (así apodaban a los estudiantes franciscanos que vestían de riguroso negro) pasó por la fonda de la Tía Bigote para darnos el aviso. “En media hora arrancan”, anunció. Cuando Mauricio lo escuchó se atragantó con el pedazo de chifón que se acababa de llevar a la boca y comenzó a toser de nervios.
Sin dejar de considerar que podía tratarse de una sucia maniobra de la Iglesia para desestabilizar nuestro optimismo, superamos el impase y procedimos a darnos las correspondientes arengas de motivación.
Jugábamos contra “Los Últimos Cristianos”, equipo campeón del año anterior que tenía entre sus filas a Ladislao Salazar, el profesor del curso de Ética: un cura mexicano, pelón, alto, flaco, listo, que, según las malas lenguas, se apretujaba a una de las secretarias de la dirección.
El cura se presentó a jugar sin lentes, mascando un chicle, con una inesperada pinta de maloso.
Su equipo se completaba con cinco alumnos del Seminario: chiquillos bajetones, acholados, que hablaban con dejo provinciano. Todos estaban perfectamente uniformados, con camisetas Polmer y zapatillas Sin Fin.
Cuando llegaron a la cancha de cemento en medio de los aplausos de una barra conformada por unas novicias muy velludas, nosotros aún discutíamos en el cafetín sobre la conveniencia o no de jugar con chompa, jean, camisa, chalina y mocasines. Alguien propuso retirarnos y perder por W.O., sin embargo, luego de una sumaria deliberación, la mayoría optó por salir a la cancha aunque estuviésemos más bien vestidos como para salir de juerga.
Nuestra aparición provocó inmediatas risas entre el copioso público de la Santoto, que comenzó a pifiarnos.
Sin inmutarnos ante tales muestras de hostilidad, nos ordenamos en la cancha. Paul se paró bajo el arco, César y Jeremy se cuadraron en la defensa. Ante las inmensas dudas sobre su posición natural, Alfonso se quedó paradito en el medio. Mauricio y yo nos alineamos como eventuales delanteros.
Antes del arranque, nos abrazamos formando un círculo y prometimos dejar toda nuestra integridad en el campo. Al grito rítmico y pelado de “MI–LA–NE–SA–FÚT–BOL–CLUB”, el círculo se desintegró.
Justo cuando el árbitro daba la orden para el arranque, eché un lento vistazo a mi equipo. Alfonso aplaudía, Mauricio resoplaba, los demás hacían calistenia sobre sus puestos. Una oleada de fe invadió súbitamente mi corazón ateo. Recuerdo que pensé: “hoy ganamos, carajo, hoy ganamos”.
El pito sonó. El sueño, qué duda cabía, comenzaba a construirse. Estábamos a punto de hacer historia.
Cinco. Solo cinco condenados minutos nos duró la ilusión. Los rivales, dueños de una arácnida agilidad, nos bailaban sin piedad. El profesor mexicano llevaba la pelota cosida a su pie derecho y repartía pases que no conseguíamos interrumpir.
Desorientados, torpes, no lográbamos completar una sola jugada de peligro. Por más que corría, a Mauricio se le hacía sumamente complicado controlar el balón con sus Caterpillar amarillos. Robotv deambulaba de allá para acá, resbalándose, como si tuviera resaca. Yo intentaba alguna pirueta, pero al primer disparo que forcé mi zapato derecho salió disparado y tuve que jugar varios segundos con un pie descalzo.
A los cinco minutos llegó el primer gol. Uno de los enanos seminaristas nos vacunó con un remate de diez metros. Fue inatajable. Paul, el arquero, se lanzó de puro figurín.
Intentamos el empate con tanto desorden que las dos veces que llegamos al arco nos dimos con la sorpresa de que se trataba de nuestra propia portería.
A los diez minutos, el profesor de Ética saltó sobre Mauricio, le sacó medio cuerpo de ventaja y, de cabeza, marcó el segundo gol.
Así concluyó el primer tiempo.
En el receso, en lugar de reunirnos para replantear nuestra estrategia, nos arrastramos despavoridos hasta el baño. Necesitábamos chorros de agua. Estábamos extenuados, muertos, sedados por los calambres. Solo queríamos treparnos a la camioneta de Alfonso (una Datsun despintada que, literalmente, se caía a pedazos), largarnos a la playa y mandar al diablo todo ese circo.
Cuando ya firmábamos la rendición, Alfonso, que era el capitán, logró disuadirnos con un argumento irrebatible (“si no salen a jugar el segundo tiempo, no jalo a nadie a su casa”).
El partido se reanudó, y sorprendimos a todos al tomar la iniciativa. Cuando digo todos, también me refiero a nosotros mismos.
Al advertir nuestro afán por controlar el esférico, el equipo contrario apeló al juego brusco, aplicando codazos arteros y carretillas miserables. Suena irónico, pero a la hora de pegar “Los Últimos Cristianos” no creían en nadie. El árbitro, desde luego, se hizo de la vista gorda. Cuando le reprochamos su indulgencia, nos empapeló de tarjetas amarillas.
Poco a poco, nuestras disminuidas fuerzas cedieron a la velocidad de los rivales. Ellos, sabiéndose superiores, comenzaron a moverse con la actitud conchuda, displicente y perdonavidas que tiene uno al momento de jugar contra sus sobrinos chiquitos en la pista o en el jardín de la casa.
El partido se tornó abiertamente desigual: mientras ellos daban un concierto de fulbito, nosotros dábamos lástima.
Destruidos como estábamos en nuestro orgullo, recurrimos a la barbarie y empezamos a repartir patada limpia. El árbitro, que nos tenía ojeriza, botó a César y amenazó a Jeremy. Todo lo demás fue horrendo. El tercer gol fue de penal, el cuarto de tiro libre, el quinto de taquito. Del sexto no me acuerdo. El sétimo, en cambio, fue un inolvidable autogol del desfallecido Robotv, quien en su intento de despejar la pelota la metió adentro, no sin antes impactarla en el cacharro del arquero, que, producto del golpe, perdió un diente.
Cuando el partido terminó, le dimos gracias al Señor (al señor árbitro) y nos fuimos cabizbajos al cafetín de siempre, el único lugar en el que podíamos reponernos del agotamiento y tomar conciencia del episodio que acabábamos de vivir.
Nunca más volvimos a jugar un partido de fútbol los tres juntos. Fue el primer y último compromiso del Milanesa Fútbol Club. El partido que marcó nuestro debut fue el mismo que marcó nuestra desaparición del mapa.
En los días posteriores a ese papelón –que puso en evidencia nuestro físico demacrado, nuestra vida licenciosa–se incrementaron exponencialmente las miradas reprobatorias que los plumíferos curitas nos dedicaban.
Igual no nos importó. A fin de cuentas, la goleada nos unió el doble, porque nos hizo tocar fondo.
Desde que ingresamos, nunca nos habíamos reído tanto como nos reímos esa tarde al repasar los momentos cumbres de tan penosa actuación.
Ahora sé que esas risas, risas de fracaso, nos hicieron amigos para siempre. Si hoy nos mantenemos unidos es precisamente por eso: porque nos conocimos en el traspié, en la desventaja, en la derrota.
Lo mejor que no sucedió fue perder de esa manera, porque el desastre une más que la victoria.
Estoy seguro de que si esa tarde le ganábamos a los cristianos, nos hubiéramos quedado sin amistad y, peor, nos hubiéramos quedado sin una historia.
[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el abuelo Robotv)]
[Este tema ochenteraso de Eddie Money me pone de buen ánimo. De gran ánimo. Espero que a ustedes también. Se llama Walk on Water. Temón super bailable]
[La foto de abajo es precisamente de abril de 1994. Estábamos en plena concentración un día antes del partido, chupando como los jugadores de la selección en El Golf Los Incas. De izquierda a derecha: RC (surfer hidrofóbico), la mascota 'Melón' (hoy consumado manganzón de 23 añazos), Mauricio (el querido Lobo Gordo, hoy padre de familia), Robotv (aún con cuero capilar activo) y César (actualmente desaparecido en algún rincón de Texas, EE.UU.)]
[Ya, confirmado: Robotv y yo estaremos en Chincha el sábado 5 de junio. La presentación será pasado el mediodía en el local de la Universidad Alas Peruana. Si alguien está por allá, que pase la voz. Desde aquí quiero agradecerle a víctor campos ñique, uno de los más entusiastas y desinteresados promotores culturales del país]





imagino este relato narrado desde la perspectiva del bigotón beingolea, en ese especial de cmd “clásicos a mano’…
con todo milanesa!!!!
Que buena foto… me gusta la mascota…
Saludos
no me gusto “acholados”
y me encantó”zapatillas sin fin”
me e matado de la risa sola,tanto k mi hija saco la cabeza x las escaleras(la compu sta en el 1er piso)y me dijo “mamá,pareces loca”,jajaja…..exitos RompeC
ay!!! Rena….ya no se que no que decir… pero gracias… muchas gracias me sacaste la sonrisa, la risa, y hast alas lagrimas con este relato… no he podido controlar mis risas… que linda historia… gracias … eres oficialmente mi Woddy Allen… otra vez gracias…
Renato: Me he reido un montón. Yo tmb estuve en la Santoto unos años antes q tu y recuerdo los campeonatos de futbol entre los equipos laicos y los soda y seminaristas. Hasta la señora q vendía sanguches en la cafeta jaja.
Esas fotos están lindas!!. que lindos recuerdos tengo. Al igual q tu mis mejores amigas las conocí ahí.
Sara
[RESPUESTA: Bienvenida la club, chica Milanesa. Gracias por escribir. RC]
Buenísimo! Me he reído a muerte… arriba DMFC!!!
¿”Melón” es Guillermo Y.?
[RESPUESTA: El mismísimo Guillermín. Saludos, Mari. RC]
Esta igualiiito
. un abrazo!
grandiosa historia! =) han sido chicos lindos jeje!
so????
Recuerdo cuando me dijiste eso…. jaja besos
Cisneros, despues d time que te leo y no sabes cómo me he reído. Me gustó mucho el post. Gracias x hacerme reir desde ps un día caRgado. Un abrazo!
“Todos estaban perfectamente uniformados, con camisetas Polmer y zapatillas Sin Fin”.
Jajaja curioso nombre para unas zapatillas. Me he reído mucho con este relato. Gracias por compartirlo con nosotros. Un abrazo, cuidate.
jajaja en esa foto robotv se parece a brüno
en Perú también le dicen “milanesa”?? interesante jerga la de ustedes jo
saludos
…..Gracias Renato, acabo de leer “milanesa futbol club” me alegraste la tarde hahaha.
LOKAAAZO TU RELATO..!!!