MIÉRCOLES 30 DE JUNIO.
Esta noche el Jorge Chávez luce tranquilo. Parece una joyería, no un aeropuerto. Cero laberintos, cero aspavientos, cero aglomeraciones detrás de sus puertas de vidrio. Me registro con facilidad en el mostrador de LAN, saludo al resto de periodistas con que voy a viajar directo a San Francisco y me pierdo, solito, rumbo a la sala de embarque.
Me detengo quince minutos en las cabinas de Internet para revisar ociosamente mi correo; luego paseo por la tienda más grande del segundo piso sin buscar nada específico. A mi lado, unos incautos alemanes compran chullos por veinte dólares y se toman con el celular fotos que después seguramente colgarán en el Facebook como descargas móviles. Tienen la cara insolada y aspecto pringoso, como de no haber probado ducha en días.Cuando estoy delante del área de libros, caleta nomás, tratando de que nadie lo note, busco con la mirada la portada de mi novela. No la veo en ninguno de los anaqueles de la sección literatura peruana, ni siquiera cerca de los títulos infantiles. Está la mayoría de tiburones: Cueto, Ampuero, Eslava, Roncagliolo, Bayly. Hasta la novia de Bayly se codea con los autores más vendidos. Pienso en el gerente de distribución de mi editorial y le lanzo una maldición mental, deseándole con sinceridad una intensa descomposición del tracto digestivo. De repente, un segundo más tarde, noto que sí hay un ejemplar perdido por allí. Está como invisible en una zona mixta, atrapado entre el último título de Pérez Reverte y una antología de datos mundialistas de Daniel Peredo. Sigilosa, como una víbora tropical a punto de escupir su veneno, mi mano se cuela reptando en el estante, rescata a mi novela y la acomoda por encima de sus vecinos. Luego procedo a la distractora compra de unos chicles y me retiro, con pasito circunspecto.
***
Me ubico en la cola de Migraciones, que es larguísima y avanza en curvas despaciosas, igual que las aburridas colas de los parques de atracciones de Orlando. Me dedico a escrutar las caras somnolientas de los pasajeros, intentando adivinar –a partir de sus gestos, su idioma que llega en ecos y balbuceos, su vestimenta, el número de sus bultos– a dónde van, de dónde vienen, a qué se dedican, de quién escapan, con quién esperan encontrarse. Es altamente probable que no le achunte a ninguno, pero es entretenido asignar roles, imaginar identidades, falsificar una vida para cada uno.
Es mi turno: me toca mostrarle el pasaporte visado al hombre cetrino que se parapeta tras la ventanilla de Migraciones. Lo saludo, pero él –malhumorado, quizá impago– procede inmediatamente a fastidiarme con un interrogatorio policiaco, el tipo de interrogatorio con que un papá desconfiado torturaría a su hijo adolescente. A dónde vas. Para qué. Con quién. Por cuánto tiempo. Cuándo regresas. Cuánta plata llevas. Me provoca carajearlo y decirle que mejor le haga esas preguntas invasivas a su hija, que en este mismo instante –mientras él alardea de su poder burócrata conmigo– quizá esté follando de lo lindo, en su propia cama, con su novio carretón, malandrín y pingaloca. Sin embargo, me trago esas ideas y a cambio sonrío, contesto obediente, le deseo buenas noches.
Me ha tocado el asiento 15D del avión. Es un pasillo. A mi derecha, una mujer de unos cincuenta años cabecea de sueño. Al otro extremo, su marido gordinflón da cuenta de una cerveza mientras mira en la pantalla empotrada en el asiento de enfrente esos estúpidos videos de Just for laughs, llenos de bromas para débiles mentales, como la del tipo que se disfraza de torta y asusta a los comensales que intentan probarla. Miro cómo el viejo panzón carcajea y pienso que tal vez lo realmente estúpido no sean esos videos, sino la gente que se ríe de ellos de ese modo tan desequlibrado. En esas mongas cavilaciones estoy cuando el capitán anuncia con voz metálica la altitud y velocidad de la nave, así como el posible cruce de fugaces turbulencias en nuestro recorrido. Para despejar el pensamiento de un improbable accidente aéreo, me coloco los audífonos, elijo un disco de Andrea Bocelli y pongo el tercer track: Bésame mucho. Si el avión se parte en dos, me gustaría morir escuchando esa canción.
JUEVES 1 DE JULIO.
A bordo del bus que nos traslada al hotel, San Francisco pasa por mi ventana en cámara rápida, como un videoclip de MTV. Desde el cielo –limpio y celeste como la camiseta de Uruguay– el sol regula una luz tibia. Enormes extensiones de pasto amarillo y lagunas inmóviles se suceden al pie de una cadena de montañas que, perfectamente alineadas, dan cobijo a elegantes caseríos victorianos. Adentro, en esta combi de primer mundo, todos andamos callados: mitad por el impacto del paisaje, mitad por el letargo de las ocho horas de vuelo.
La carretera –llena de vías onduladas que se montan unas sobre otras, poblada de autos descapotables y camionetas con sun roof– nos lleva desde los márgenes de la ciudad al mismísimo centro. Poco a poco van apareciendo las viñetas clásicas de la serie setentera Las Calles de San Francisco, donde saltó a la fama el septuagenario maniático sexual Michael Douglas. Veo entonces la punta de las colinas; el agua azul Listerine de la bahía; los veleros atracados; los cables y rieles de un tren bala; los altísimos rascacielos que perforan la atmósfera; los taxis de amarillo; los policías de negro; los edificios antiguos con escaleras exteriores de emergencia; la Catedral idéntica a Notre Dame; los palacios y escaparates de Union Square, y esas inmensas avenidas empinadas que, como toboganes, como resbaladeras, como inquietos cinturones de cemento, conectan los extremos de San Francisco, provocando que la ciudad adopte un encantador aspecto de lenta montaña rusa.
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El Pier 39 es más, mucho más que un simple pintoresco muellecito. Es una feria; una kermesse al borde del Pacífico; un quilombo con vista al mar, y, desde luego, un circuito perfectamente replicable en algún hito de la costa del Perú. Camino por aquí y me topo con decenas de negocios: tiendas de suvenir, restaurantes de camarones, espectáculos al paso. Los turistas avanzan enloquecidos por todas partes, como hormigas estresadas por el temblor de un zapatazo. Algunos de ellos rodean el tío–vivo que está clavado en mitad del malecón; otros compran boletos para ir al acuario; otros filman con sus teléfonos a una perezosa manada de lobos de mar tumbados sobre una plataforma flotante (vista de lejos –quieta, parda, revuelta– la manada parece más bien un chorreado cargamento de camotes).
Los demás visitantes, o bien se toman un respiro en las banquitas, o bien se agrupan para divisar la Isla de Alcatraz a través de esos binoculares estáticos que se activan con unos cuantos centavos y que permiten al usuario –a la usanza de La Espada del Augurio– ver más allá de lo evidente.
Tomo breve nota de esos acontecimientos desde la mesa de un rico restaurante ubicado al pie del océano, donde devoro salmones al lado de una animada pandilla de periodistas peruanos y chilenos. La conversación arranca muy internacional con una serie de pronósticos (a la larga fallidos) sobre los cuartos de final del Mundial de Sudáfrica, pero pronto cede a la obvia agenda común entre vecinos: el Pisco Sour, la Corte de la Haya, Alan, Piñera, Gastón Acurio, Don Francisco, Bayly, Isabel Allende, Chemo del Solar, Carlos Caszely. Después de una serie de debates y polémicas que jamás provocan tensión, el cierre de la sobremesa llega con una reñida trivia sobre la plumífera mortalidad de Condorito.
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Me tocó compartir el cuarto 743 del Ritz Carlton con Jaime Bedoya, editor de Caretas y, por lejos, el mejor cronista del medio. Es un gran tipo Jaime. Reservado, inteligente, irónico, me late que leal. Durante dos días hemos sido roomates y mal no lo hemos hecho: respetamos nuestros turnos para ir al baño; usamos equitativamente la cajonería de la habitación; comimos con prudencia los amargos chocolates de cortesía; conversamos largo rato, de cama a cama, sobre la utilidad emocional de colgar los chimpunes de las reyertas noctámbulas pasados los 35; y hasta vimos juntos la insospechada eliminación de Brasil y Argentina en ESPN. Jaime se reía de los comentarios burlones de los narradores gringos, y yo me reía solamente para imitarlo, para no quedar como idiota, pero la verdad es que no entendía un carajo del inglés velocísimo que se oía en la tele.
En el vuelo de regreso nos ubicamos en asientos contiguos. Una aeromoza de LAN –linda pero desavisada– se acercó a pedirme una firma aduciendo que le había gustado mucho mi libro (no me dijo cuál, pero sospecho que se refería a Busco Novia). Siendo un gesto amable de su parte, me produjo automática vergüenza: si había en todo el avión (acaso en el espacio aéreo) una celebridad literaria, si alguien debía firmar un autógrafo aquella madrugada, ese era Bedoya, no yo.
VIERNES 2 DE JULIO
Cinco momentos top del City Tour:
1) Parada en el Golden Gate Bridge. Es el imponente puente colgante que sale en todas las fotos de San Francisco; que aparece en una decena de películas, y que es considerado el portentoso símbolo de esta, mi nueva ciudad favorita.También es, por cierto, algo así como el Puente Villena de los Estados Unidos, ya que cada año 1.401 individuos interrumpen el desasosiego de sus vidas dejándose caer desde sus bordes anaranjados. San Francisco es un destino precioso para gente con espíritu abierto, curioso, solitario, pero muchos de sus habitantes no soportan la falta de vínculos y sufren regulares cuadros de depresión al verse desconectados, sin amigos, sin familia, sin nadie a quien confiarle un secreto o siquiera inventarle un chisme. Si no eres parte de alguna de las comunidades más asentadas –la china, la italiana, la latina, la irlandesa, la gay–, puedes llegar a sentirte un poco solo, un poco loco, un poco suicida.
2) Parada en el Barrio Castro. Antes llamado Eureka Valley, este barrio es el epicentro, bastión y meca de la comunidad gay norteamericana. Desde el verano de 1968, la mayor cantidad de parejas del mismo sexo del país se concentra en estas manzanas. Reconoces Castro por las banderas arcoíris que cuelgan de sus postes; por el aire de tolerancia y genuina libertad que recorre sus cuadras; y por el permanente tributo que se hace a Harvey Milk, ese importante activista homosexual que vivió y murió en San Francisco, y que convirtió el barrio en un reducto de defensa de los derechos de las minorías sexuales. No sé si vieron Milk, la película de Gus Van Sant, estrenada el 2008. Si no lo hicieron, consíganla. Es buenísima. Ahí Sean Penn encarna magníficamente al peliagudo Harvey (y de paso se chapa y jamonea a James Franco y Diego Luna).
Mientras recorríamos Castro, fue inevitable que algunos de los ocurrentes miembros de nuestra comitiva chileno–peruana hicieran gala de un humor prejuicioso. Miraban a través del vidrio con tercermundista expresión paltosa, como si estuviéramos paseando por la zona de chimpancés salvajes de un zoológico hindú. Más que una combi de periodistas interesados, el carro parecía un bus de colegio alternativo para repitentes.
No voy a dar detalles, pero un par de esos coleguitas parecían más bien añorar el alma deschavada con que los gays discurrían por las esquinas, como si en el fondo desearan estar del otro lado del bus, con las trenzas un poquito más sueltas, con el pantalón más ajustado, cruzando la calzada en compañía de un chihuahua como el de Paris Hilton. Ellos camuflaban su talante reprimido con una retahíla de chistes homofóbicos que tenían por propósito no levantar sospechas. Como afirma el populorum: eran demasiado maricones como para ser cabros. Tuvo sentido enterarme después de que a uno de ellos le decían polilla terca: se niega a salir del clóset.
Ah, un dato de agenda cultural open mind: en setiembre se llevará a cabo en SF la Folsom Street Fair, una concurridísima feria internacional de sadomasoquismo que se celebra todos los años. Los interesados pueden ir calentando látigos, afilando púas, descolgando a tiempo las botas con punta de acero.
3) Parada en el Barrio Chino. Son más de ocho cuadras que hay que recorrer obligadamente. Es más o menos como estar en la calle Capón pero sin miedo a que aparezca un piraña. A lo mucho, te asustará uno de los mugrientos pero inofensivos homeless que pululan por el perímetro (que, por cierto, son mantenidos por el estado californiano). Esta es la comunidad china más grande fuera de Asia, lo cual garantiza que todo lo que ves, oyes, pruebas, hueles, tocas, comes y vomitas es probada y genuinamente chino. De hecho la primera tarde, contemplando vitrinas y coloridos balconcitos decorados con lamparitas y guirnaldas pequinesas, escuché unos confusos y destemplados gritos femeninos. Era un chillido polifónico, horrendo, como si se estuviese perpetrando una masiva ligadura de trompas a un grupo de involuntarias pacientes. Luego de unos minutos me enteré de lo que acontecía. Era una clásica ceremonia que se desarrolla en el teatro del barrio a la hora del té, donde una comparsa de chinitas ingrávidas, disfrazadas de Dragón, entona cada tarde una incomprensible aria que no falla en su doble objetivo de, primero, emocionar el corazón sensible del visitante y, después, perforar las membranas de sus tímpanos.
Si San Francisco es básicamente costosa, el Chinatown tiene precios accesibles y productos variados, aunque muchos consignan un sello de calidad y garantía tan fiable como el que ostenta la democrática mercancía del Centro Comercial El Hueco. A lo largo del pasaje uno tiene acceso a bazares repletos de todas las chucherías y cojudeces imaginables; galerías de floreros chillones; casas de sables dinásticos con lemas ilegibles; exposiciones de la más espantosa artesanía made in Shanghái; herbolarios con un vasto arsenal de remedios, purgantes y néctares verdosos que jamás bebería en la vida aunque prometan eternas lozanía, erección y juventud; mercados en cuyos frontis cuelgan peces-cometa degollados e inexpresivas anguilas; puestos de adivinadoras que regalan mentirosas galletas de la suerte; improvisadas oficinas de astrólogos autodidactas; talleres de orfebres miopes; bodegas de chinos fumadores, presuntamente en quiebra. En fin, hay todo. En un día cualquiera hasta puedes toparte con retacos y encogidos monjes taoístas que avanzan por ahí, macerándose el cerebro con zumos etílicos e infusiones de oscura procedencia. Después de un rato los encuentras cabizbajos sobre la vereda, meditando en una retorcida variante de la posición de loto, bisbiseando algo parecido al Mandarín.
4) La visita a la prisión de Alcatraz. Nunca antes había estado en una cárcel. Lo confieso con holgada vergüenza periodística. Ni en Lurigancho, ni en San Jorge, ni en Castro Castro. Ni siquiera en Maranguita. Apenas estuve media hora afuera de Santa Mónica, pelándome de frío, hace años, pero eso no cuenta. Alcatraz es la primera cárcel que visito. Lo hice casi de la mano de mi buen amigo Roberto del Águila, quien con su colchonera camisa a rayas se sintió rápidamente aclimatado.
Un penal desactivado y sin presos podría parecer aburrido, pero no es el caso: Alcatraz dejó de ser una cárcel para convertirse en un alucinante museo de sitio. Con solo ver las celdas corroídas de barrotes oxidados, los silos aún pestíferos, las duchas secas e inútiles, los estrechos corredores que separan los pabellones de jaulas, y el comedor vacío, ya tienes una buena dosis de conmoción para el resto de la semana.
Además, la historia de los criminales y gánsteres que recalaron allí (Al Capone, el más conocido), sumadas a los contradictorios mitos sobre sus dramáticos intentos de fuga, te erizan el pellejo. No es casual que Hollywood haya rodado más de una película respecto del tema, siendo la más recomendable Escape de Alcatraz, con el duro de Clint Eastwood, y la más reciente La Roca, con el viejito prostático de Sean Connery.
No quiero ponerme grave, pero es extraño el aire que flota dentro de Alcatraz. En los ambientes del recinto reina una quietud medio fantasmagórica, un silencio digamo decrépito. Los altísimos muros, por otro lado, conservan vestigios de la angustia aplastante que deben haber sentido los presos que estuvieron encerrados allí, añorando una libertad inasible, buscando el modo de erosionar el cemento con cucharas para luego correr y lanzarse a la mar a luchar infructuosamente contra tiburones y corrientes.
Hay una frase que ilustra mejor que ninguna la traumática dureza con que se trataba a los desgraciados que eran confinados a esta famosa ex penitenciaría: “Si rompes las leyes de la sociedad vas a la cárcel. Si rompes las leyes de la cárcel, vas a Alcatraz”. Como se puede captar, la prisión era verdaderamente temible y temida. Eso sí, desde el patio de recreo, los presos tenían una vista de la bahía de la puta madre.
5) Parada en el Pisco Latin Lounge. El anfitrión del bar, el historiador peruano Guillermo Toro Lira, se ajusta la boina, se alisa la barbita–candado y comparte con nosotros una historia genial. Hace casi doscientos años, en el primer bar de San Francisco, ya se servía pisco peruano. El rollo completo lo narra él en un imperdible libro de próxima aparición en Lima, pero el asunto central es que durante casi todo el siglo veinte (y un poco antes incluso) el trago predilecto en San Francisco fue el Pisco Punch: una exquisita mezcla, dulzona pero contundente, de pisco peruano y macerado de piña. La combinación volvía locos a los parroquianos de la época, que preferían la bebida tropical antes que el whisky o el Gin, seducidos además por su tramposo eslogan aritmético: “dos tragos de Pisco Punch es mucho, pero tres es muy poco”.
Lo más bacán fue enterarnos –por boca del afanoso Guillermo– de que el celebradísimo y glorificado Pisco Sour es, en realidad, una mala copia del Pisco Punch. En 1924, en paralelo con el apogeo del cóctel en San Francisco, el californiano Víctor Morris quiso prepararlo en Lima, pero no le ligó. El resultado de su fallido experimento –por increíble que parezca– es nuestra actual bebida de bandera. En otras palabras, el venerado Pisco Sour, antes que un trago de autor, es un error de cálculo.
Tras la visita al bar, contentos y achispados, nos retratamos en el frontis del local de Guillermo en perfecta formación fulbitera. Los que más ponches nos habíamos administrado nos pusimos en la hilera de abajo, en cuclillas, sosteniendo los dedos sobre un par de invisibles Jabulanis. A nadie sorprendió que al ponerse de pie más de uno se fuera de muelas contra el sardinel.
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Volvería feliz a San Francisco. Aunque sea por veinticuatro horas. Me alcanzaría para caminar un rato por el barrio hippie; comprar algunos discos en el hangar de Amoeba Music en Haight Street; subir al trencito de colores que atraviesa el centro; visitar el Museo de Arte Moderno, e ir en bicicleta al parque del Golden Gate a desafiar a las plantas carnívoras que allí crecen. Me alcanzaría también para conversar con el travesti peruano que huyó del país y que administra una exitosa peluquería en Castro, y para tomarme unas cervezas (ya no con el travesti) en el Bar Vesuvio del barrio italiano, donde además robaría sin culpa el afiche de Jack Kerouac que está pegado junto a la escalera que conduce al segundo piso, y que tendría que estar colgado encima de mi cama, entre Al Pacino, los Tres Chiflados y Meteoro.
[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el golondrino Robotv)]
[El siguiente vídeo es sobre la incursión en SF. La edición es toda de Otto Alegre, nuevo socio estratégico de la página. Quiero agradecerle a LAN PERÚ por incluirme en el press tour que cubrió el vuelo inaugural de la nueva ruta directa Lima-San Francisco. Gracias a eso, miles de gringos y asiáticos podrán visitar el Perú sin tener que pasar por Los Ángeles]
RC en San Francisco from Videos RC on Vimeo.
[Gracias a la gente de EL GRITO, una nueva revista que, la verdad, trae contenido muy paja. Me invitaron a colaborar en la segunda edición. Este es un print del texto. Si me permiten una vanidosa atingencia, creo que la caricatura no rescata mi mejor ángulo]




hola Renato, de tiempo que entro a tu blog y me di cuenta que cambiaste de página, la verdad que aún no me acostumbro, supongo que es otro estilo, y no me gusta mucho, sorry la sinceridad, y me sorprendió ver que no tienes tanta acogida, creo que sólo tus fieles seguidores siguen por acá, pocos comments, pero igual, supongo que te gusta esta etapa, suerte en todo, imagino que no necesitas un consejo, pero escribe cosas más divertidas, esto parece tu diario, y pocos nos identificamos con lo que cuentas. Nuevamente suerte en todo
Alma de mi alma…..no conozco NY…..es bonita la ciudad como San Francisco?
Para mi fue lo maximo SF pero algun dia iremos…..perdon ire a NY…..cuando no este aguja y pueda ir a algun teatro y ver una obra.
Buen fin alma de mi alma….mi novio con aguante!
Te sigo amando aunque TUMBES creo que ya nop…..perdoname es que la castidad nop me ayuda…..es aveces un problemon ser sin haber sido….para una chica del sigo 21 no es facil….para un pata …como sera?
muakkkkkkkkkkkkkkkkk!
fui a el cafetin Starbucks de la Plaza San Miguel y no hbia mas lado b para leerte….snif renatin alma de mi alma.No sabia que era gratis….!
hola renato, siempre leo pero casi nunca te escribo.
fue un viaje con todo pagado? eso si es mas delicioso!
ya puedes vovler a postear? te estoy contando los días… van 11
nos vamos de fin largo sin nuevo post??.. noooo pues…
Escribe ya un nuevo post… que pasa???
Ten cuidado con descuidar a tus lectores… te puden sacar la vuelva con Alfredo Rusca, su blog busco novia esta bueno…
sorry si dolio =( pero ya no te importamos… ya ni posteas con puntualidad…!!!
chevere tu viaje a SF, me gusto el videito, cuanto te das una vuelta por Japon?
un abrazo,
Yve.
y no me visitaste?
jajaja… bueno, de todas maneras sigo hablando a todos mis amigos hispanos y los que estan aprendiendo el idioma, de ti… Me gusta tu estilo al escribir… Leemos tu blog
Un abrazo…
Wow!! que buen post, nos muestras los atractivos y lugares mas bonitos de San Francisco,los aviones de Lan uyyy son bien modernos y cheveres, yo vole en una a Chile, y fantastico!!! muy bueno el videito ah!
Saluditos
Mary
Me gusto el post, pero sobretodo me encanto el video, que mostro!!! Alcatraz lo máximo, tengo una amiga que vive en SF y ya nos había mostrado algunas cosas que he visto en tu video, como me encantaría ir, en fin será mas adelante…
Besos
Renato, qué tal?
Siempre leo tu blog, bastante entretenido.
Te quería hacer un comentario, me parece es una falla muy común hacer referencia a las personas naturales de la India ó incluso lugares que sean de ese país como “Hindú”, cuando en realidad debería ser “Indio”.
Se me vino a la mente al leer en tu post: “zoológico hindú” , entiendo en verdad debería ser “zoológico indio”? Me gustaría tener tu opinión al respecto, duda existencial!
Éxitos!
Hola Renato, solo queria decir que estoy segura que muchos te siguen leyendo pero pocos dejan comments. Como yo!
un beso y exitos miles
Pero me encanta como escribes, no importa el tema, tienes un poder de engancharme maaalllllll
[RESPUESTA: Mostro saberlo. Un beso, Silvana. RC]
Hola rena… una consulta la música de fondo de tu video como se llama?
[RESPUESTA: Déjame hacerle la consulta a Otto, el editor de vídeos de la página. Saludos, Luis. Gracias por leer. RC]
Al parecer, estuve en San Francisco al mismo tiempo que tú. Coincidencias de la vida. Facil tambien estuve en Pier 39 cuando tu lo estabas. Creo que se a que restaurante te refieres. Tambien vivste Alcatraz, es mas escribi un nota acerca de ella. Jaja, me parece tan raro que haya ocurrido asi. Sera para otra ocasion.
ya chevere… me avisas entoncessss en este comentario sobre la música de fondo
saludos
buenas tardes
es la primera vez que te comento muy lindo tu blog y interesante tus anturas
[RESPUESTA: Gracias. Ven siempre. RC]
Renatin!!!
y eso me alegra, porque es como tener otra vez 8 años y recibir un libro de cuentos que tiene como 40 cuentos adentro para leer. Excelente!
ante todo me disculpo por seguir siendo al mismo tiempo, la mas fiel pero ingrata de tus lectoras en los últimos meses. Talvez la última vez que comenté tu post fue en junio, o sea hace unos dos meses. Debes saber, aunque talvez no te importe mucho, que es nuevamente el trabajo y la mirada continua y castrante de mi jefe los que me privan de acceder a esta simpática manía de leerte. Es más, hace días quería leerte pero ha sido recién hoy, cuando he salido un poco del huracán mas no de toda la tormenta en que me encuentro, que pude por fin, leerteeee.
Lo bacán es que tengo varios posts por leer
Nada, me gustó tu post sobre San Francisco, que loco que hayas podido hacer un viaje así, acompañado de tanta gente talentosa y sobre todo, me gustó que por un momento me hiciste sentir como si estuviera teletransportada a San Francisco. El solo hecho de que sea una ciudad lejana, me hace desear conocerla. Verás, me gusta mucho viajar. ME ENCANTA , de hecho.
Espero poder volver a hacerlo pronto:)
un beso
Luna
[RESPUESTA: Tienes permiso de desaparecer unas semanas con tal de que regreses. Gracias por leer y escribir, Luna. RC]
hola renato!!!QUE BUEN VIAJE…. si taan solo estuviera en tu pellejo jajaja que bacan.Sabes te sigo de radio capital he leido tus libros y me parece chevere tu forma de ser pero aunque aveces eres pesado en verdad dte xdeseo mucha suerte en todo gracias por alegrar mis mañanas.
[RESPUESTA: No soy el chico de la tele, apenas soy el pesado de la radio]
SAn Francisco se ve interesante. Me encantó el hangar musical. Ah! los videos que pasan en los aviones si son divertidos
Hasta tu próximo post
. Pd, como se llama la canción de fondo del video??? VEremos qué décima toca mañana.
Chau
RENATO ME PARECE EXCELENTE LO QUE HACES TE SIGO, PEOR QUE MUJER CELOSA JAJAJAJ…DESDE NO CONFIES EN MI, BUSCO NOVIA, FUI A TI FIRMA DE AUTOGRAFOS Y AHORA TE ESCUCHO TAMBIEN EN LA RADIO EN LEVANTATE Y ANDA… SUERTE Y SIGUE TU POST.
[RESPUESTA: Hola, Beto. Un abrazo. Gracias por estar, digamos, pendiente de las cosas que hago. Sigue entrando. RC]
Increíble la tienda de discos! Disfruté mucho leyendo “el diario” de tu viaje, consulta ¿qué canción es la de fondo del video? Muy buena!
Hola! mi consulta es qué Tours en Argentina me recomiendan hacer…
voy en el mes de febrero
Gracias!!!