A menudo la gente me dice que soy un comeaños. O sea, que no aparento mis 34 malditas primaveras, y que mi cuerpo viene camuflando con cierto (menguado) éxito su trajín, su antigüedad, su incipiente decrepitud.
“Estás igualito que en quinto”, repiten las chicas del colegio cuando las encuentro por la calle, rodeadas de hijos chillones que –al oír a sus mamás presentarme, innecesariamente, como su tío– se callan, aspiran sus mocos y me miran con recelo y cautela, como se miraría a una tarántula (o a un efectivo de la división de Águilas Negras de la policía peruana). “Estás idéntico”, subrayan ellas, sorprendidas, levantando las cejas, arrugando los pliegues de ese cutis fogueado que reclama con urgencia el trazo corrector de un bisturí.
Ellas creen que me halagan con sus apreciaciones, pero ignoran el perjuicio moral que me procuran, pues si hay algún Renato al que no quisiera parecerme, al que no me provoca estar igualito ni idéntico, es precisamente al quinceañero desconcertado que fui en quinto de media: ese fantoche despeinado, escuálido, casposo, con acné, que terminó Secundaria a duras penas y de pronto se quedó sin planes, ni futuro, ni carácter.
Es por impulsivos comentarios como esos que sé que soy un eterno e involuntario postulante al Club de los Inmortales Chiquiviejos, improbable logia internacional que reúne a celebridades por demás contradictorias entre sí, tales como Dorian Gray, Michael J. Fox o Brunito Pinasco: todos dueños de una indesmayable lozanía aparentemente inmune al desgaste de las décadas que –según el rumor colectivo– sería resultado directo de un temerario pero muy beneficioso pacto con el diablo.
Mi candidatura y posible militancia en esa troupé de peterpanes no me llena exactamente de orgullo, pero sí me abastece de continuas reflexiones, digamos, pajeriles.
Ahora que lo pienso, tal vez a esa inesperada condición de comeaños se deban los numerosos reparos que me suscita el normal uso que se le da a palabras como época y generación.
Independientemente de lo que diga el consejo consultivo de la RAE, siempre entendí que el vocablo época era un sinónimo del vocablo vida. Es decir, para mí toda mi vida es mi época y toda mi época es mi vida. Una es referencia y espejo de la otra. No lo entiendo de otro modo.
Lo aclaro aquí tratando de rebatir esa horrible costumbre de mucha gente, que asocia el significado de época solamente con el de juventud. Seguramente lo han notado (o, peor, han caído en el error). Se abusa de esa analogía como si únicamente importara lo que hiciste, viviste, pecaste o atestiguaste entre, más o menos, los 14 y 30 años. La genete habla de ese periodo de modo sentencioso, terminal, como si todo lo anterior y posterior a él no importase tanto, como si solo allí, en ese reducido lapso, se concentrara la riqueza de tu forma de ser, de tu biografía, de tu identidad, de tu historia.
Está tan arraigada esa simplista asociación de ideas que la mayoría consiente la vigencia de frases engañosas, frases que se urden para calificar tanto la época propia como la ajena. Algunas son frases de pretérita reivindicación (“porque en mi época las cosas eran de otra manera”); otras son claramente peyorativas y buscan el deslinde (“¡ah no, mamita, eso habrá sido en tu época!”); otras, más candorosas, condensan un aire evocativo (“ay, esa canción es de mi época”).
Si se fijan, en todas esas construcciones la palabra época es un guiño a un pasado muy concreto, y alude únicamente a un breve tramo de la vida: el de los años supuestamente más activos, más prósperos, más bacanes, más definitorios. Lo que te ocurrió de niño, lo que te pasa de adulto y hasta lo que pueda sucederte durante la ancianidad no tiene mucha cabida en este concepto genérico, injusto y apócrifo.
Creo que para salvar el dilema deberíamos acompañar esas frases tetudas con adjetivos que califiquen y contextualicen la época en cuestión. Así, tendríamos variantes algo más precisas: “porque en mi época infantil las cosas eran de otra manera”; “ah, no mamita, eso habrá sido en tu época de colegio, o “ay, esa canción es de la época en que conocí al cojudo de tu papá”.
Yo, sinceramente, no sé cuál carajo es mi época. Nací en los setentas, crecí en los ochentas, me formé (o deformé) en los noventas y trabajo desde los dos mil. No sé cuál de esas épocas se me asignaría, pues me siento un poco parte de todas en tanto las transité, las viví, las disfruté, las padecí, las odié y las extrañé. Algo de esas cuatro décadas ha quedado impregnado en mí, en mi forma de pensar, de ver el mundo, de tomar distancia. No sabría precisar cómo, pero siento que soy el resultado de todas las circunstancias y cosas que me pasaron a lo largo de esas épocas. Por eso, si alguien me apurara y me pidiera ahora mismo elegir la época que me corresponde, no me dejaría más opción que responder de modo arbitrario que mi época es “esta”, la que vivo, la que piso, la presente, la del 2010.
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Es ahí donde viene a cuento la otra palabreja problemática y abstracta: generación. Los sociólogos se han aburrido bautizando cada generación. Se supone, por ejemplo, que por mi fecha de nacimiento (enero, 1976) pertenezco a la famosita Generación X, etiquetada así, entre otras cosas, por la apatía, inmovilidad y conformismo de sus miembros. (Siento ahora mismo que podría discrepar de esa teoría y mostrar sus muchos equívocos, pero no sé, curiosamente me lo impide una fortísima oleada de apatía, inmovilidad y conformismo).
En general, me tiene sin cuidado que las generaciones lleven como cartelito una letra (X, Y, Z) o un rótulo (“la generación perdida”, “la generación Baby Boomer”, “la generación Interbellum”). Esas denominaciones en el fondo son tan relativas que ni conviene poner en aprietos a sus predicadores.
Creo que así como uno vive a través de las épocas (siendo toda tu vida tu auténtica y única época), también uno vaga y cruza a través de las generaciones. Ni épocas ni generaciones son habitaciones cerradas, o compartimientos aislados unos de otros, o cubículos independientes: en todo caso –para seguir la analogía arquitectónica– prefiero imaginar que son ambientes descapotados, libres –con tres paredes, no cuatro– que están interconectados por un largo pasillo.
En lo que a mí respecta, cada vez me percibo menos identificado con la gente de mi generación. Me refiero a la generación que nació al mismo tiempo que yo, y que ahora está casada, embarazada, instalada, o en proceso de divorcio y atomización, o tempranamente acabada, o fuera del país, o dando tumbos en medio de distintas y terribles pantomimas.Más allá de que todos vimos juntos los mismos dibujos animados en la televisión; de que nos asustamos con las tinieblas de los apagones y el estruendo de los coches–bomba; y de que pasamos del BETAMAX al VHS y del VHS al DVD, como del ATARI al MAXPLAY y del NINTENDO al PLAY STATION, fuera de eso, no siento con ellos mucha ligazón que digamos.
Respecto de casi toda la gente del colegio, por ejemplo, antes que cariño, siento una profunda distancia, una lejanía, un afecto enrarecido. Cuando los veo tengo que recurrir a un grado de cinismo para reavivar nuestros pactos y hablar por unos minutos como si fuéramos los de antes.
No ha sido nada raro, entonces, que trabe profundas amistades con los hermanos menores de mis amigos generacionales: chicos a los que vi crecer, que fueron la mascota del grupo, a los que en su momento repulsé y ninguneé, pero con los que hoy guardo enorme empatía, mucha más empatía que con sus hermanos mayores, mis viejos amigos, tan preocupados ahora por sus negocios, por sus rentas, por sus logros académicos, por sus hijos que ya pronto serán adolescentes.
En rigor, me gusta convivir con las generaciones, mezclarme, endosarme a ellas con cierta promiscuidad para extraer lo mejor de cada una y arroparme con su sabiduría. Me gusta tomar un whisky con los sesentones, oírlos, celebrar su experiencia, pero también me gusta chocar vasos de cerveza con los veinteañeros, confrontarlos amistosamente, aprender de su astucia. Me gusta estar pendiente de ambos. Me gusta no saberme viejo ni joven, sino todo lo contrario. Me gusta consumir lo antiguo y lo reciente. Me gusta ser –por fuera, por dentro– una especie de entidad atemporal, de fantasma renegado de su tiempo que recorre calles y subterráneos sin ganas de establecerse. Como un Drácula urbano, que no envejece, que no muere, que entra y sale del túnel del tiempo como quien entra y sale del sauna.
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Hace unos días, al terminar mi programa matutino de radio (donde rindo diario tributo a la década de los ochenta, mi época teórica) caminaba, dándole full cuerda a todos estos extravíos mentales. Había comentado al aire una serie de anécdotas personales sin importancia y, apenas salí, el productor general se me acercó y me soltó un comentario que me costó descifrar. “Tú eres como el Kevin Arnold de la radio”, me dijo, dándome una palmadita, creyendo sinceramente que me elogiaba.
Me marché entonces atribulado, confundido, lelo. Orgulloso y decepcionado a la vez de mis relativismos cronológicos. Contento y fastidiado de mi fragilidad. Con 34 años encima, pero llevando a cuestas la pesada cruz adolescente en la que yo mismo me crucifico cada tanto. Me fui así, sintiéndome un horrendo niño–viejo, un duende sin edad, sin época, sin generación, sin un lugar específico en el mundo.
De pronto, mientras descendía las escaleras de dos en dos, sonó mi celular. Era un publicista argentino que quería conversar conmigo. Se presentó como Christian. Sonó amable. Quedamos en vernos cerca del Óvalo Gutiérrez. Una vez en el punto de reunión, luego de los cafés y prolegómenos, me informó que estaba trabajando una campaña para una marca automovilística: Subaru. Me dijo que la empresa estaba por lanzar un nuevo modelo de camioneta –llamado Generación XV– y que los encargados de la campaña querían contar conmigo para que pudiera comunicar las bondades del producto a través de mi sitio en Internet.
¿Por qué yo?, pregunté, soliviantado, algo culposo, llevando mi escepticismo a sus extremos más paranoicos.
“Bueno, porque nos parece que vos tenés un espacio interesante y que, además, sos indudablemente parte de esa Generación”.
Al borde de una risa que en verdad era llanto, solo atiné a sonreírle al buen Christian, que me miraba fijamente detrás de su cerquillo en degradé. “Si este tipo supiera todo lo que estaba pensando antes de que me llamara, si tan solo supiera las ronchas que me saca la palabra Generación”, rumié por dentro.
A continuación, le pedí sin mucho entusiasmo que me definiese aquello de la generación XV. Lo hice para corresponder, para ver cómo podía ayudarlo con mis nulos conocimientos de marketing estratégico.
Para mi sorpresa, la descripción que hizo Christian me calzó perfecta, igual que una camisa small. “Mirá: nosotros la definimos como una generación de adultos jóvenes, hombres y mujeres, solteros, o recién casados, que disfrutan del control de sus vidas, independientes, apasionados de la tecnología, que siguen su propias pautas, con un agitado ritmo de vida durante la semana, y deseos de disfrutar sus fines de semana a fondo, sin restricciones”.
Confieso que lo oí y me sentí retratado, descubierto, como cuando te ampayan calato. Sin conocerme, Christian acababa de hacer un perfecto identikit de mi estado de ánimo, poniéndole sustantivos a eso que yo no podía definir. Para el siguiente café, ya me sentía muy XV. Porque sí, pues, soy adulto, pero también soy joven. Porque soy hombre soltero, pero a veces reniego como mujer casada. Porque soy independiente y me gusta tener el control de mi vida, de mi departamento, de mis manías, de mi ocio, de mi tiempo. Porque quizás no sea un apasionado de la tecnología, pero, coño, me encanta trabajar en Internet, y escuchar el Ipod, y comentar cosas en Facebook. Porque, por cierto, tengo un ritmo de vida, no solo agitado, sino asmático. Eso sí: los fines de semana me gusta engreírme a pierna suelta, sin restringir ni reprimir nada de lo que me apetece.
Por las fotos que aparecen en Google, se ve que la nueva camioneta es lo suficientemente apetecible y aerodinámica como para devolverle belleza a alguien no tan apetecible ni aerodinámico como yo. Es ese tipo de auto que te hace ver más guapo de lo que en realidad eres. A diferencia de la entumecida indiferencia que provoca en el gentío mi ya cansadito Volkswagen, la Subaru –lo sé– me abriría paso entre el atoro de la multitud. Ya puedo imaginarme montado sobre ella, pisando el acelerador de madrugada en la Via Expresa, patrullando la Costa Verde a la hora negada del sunset limeño, o prestándosela una noche a Robotv para que invite a pasear a alguna muchacha desconcertada a lo largo del malecón.
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Mi pequeña conclusión de todo esto es que uno no tiene una sola época ni vive bajo el paraguas de una única generación. Uno está metido, incorporado, en todas las que de alguna manera te afectan. Ahora sé que las épocas y generaciones de las personas que quiero, de los personajes que admiro, de los autores que leo, de los artistas que sigo, y de los muertos que extraño, son también, de cierto modo, mis épocas y mis generaciones.
Yo les pertenezco. Ellas me pertenecen.
[Ilustración: Alfonso Vargas Saitua (el setentero Robotv)]
[Imagínense por un minuto manejando la Subaru en una Lima despoblada de chatarra, escuchando a mediano volumen este tema pilas del piernas chuecas Elvis Cotello]
[Gracias a la gente de TERRA. Me hicieron una nota y la colgaron esta semana en su visitadísimo portal. Si haces click AQUÍ, podrás verla]

Ese tal Elvis Costello me hizo acordar a una pelicula q se llama “200 CIGARRILLOS” Me gusta un monton esa pelicula aunque solo la vi una vez. Nose donde conseguirla nadie la conoce.
Me parece raro todo esto de poder encajar en un espacio del tiempo.
Todo va muy rapido como para detenernos a especular que generacion o epoca fue,
[RESPUESTA: Por eso mismo no creo en las épocas definitivas]
Susan Sontag, la gran escritora norteamericana, revela en una entrevista que vivió de manera muy intensa de los 15 a los 30 años. Qué pasó después? Pues, aceptando que había vivido “la vida loca” a esa edad, dio un giro distinto a su existencia y se convirtió en una de las grandes ensayistas de la cultura contemporánea. Lo vivido, vivido. Es mejor no ponerse a pensar en el pasado y seguir viviendo de manera intensa siempre.
Abrazos, treintañero.
[RESPUESTA: Gracias, querido Tano, pero no se me antoja mucho vivir al estilo de la Sontag. De hecho, a los escritores hay que leerlos, no copiar sus hábitos. Un abrazo grande. Entra más seguido. RC]
Me aterra como en la cultura peruana se es viejo a partir de los 30, es un pensamiento muy parroquial y cerrado que aùn no me acostumbro porque estamos en el siglo XXI con generaciones evolutivas pero los peruanos se han quedado en el atraso emocional, viven del que diran y con pensamientos retrógrados.
Despues de mucho regreso a leerte! no dejes de escribir! me encata como escribes. un abrazo
[RESPUESTA: No dejes de regresar]
tengo que aceptar que tambien regreso al blog despues de un buen tiempo..acepto que me caiste mal por tus comentarios politicos diferentes a los mios, pero bueno ya fue…retomo de nueva la lectura del blog y ponerme al dia con los nuevos posts..
Saludos
Rafo
Pd. buena la entrevista de hoy en la radio
[RESPUESTA: Bienvenido (otra vez)]
oh Dorian Gray es mas bonito ia! se me malogro el teclado. En serio me gusta este post, las generaciones no me gustan, a mi personalmente no me gustan las de mi generacion, a proposito mañana soy un año mas vieja, que feo es aumentar de edad! Besos!