Era un jueves de primavera. Un jueves del dos mil ocho. Estaba en el bonito departamento de la mamá de Robotv (la Tía Lucy) a punto de almorzar. Eran casi las dos de la tarde. Robotv y yo habíamos pasado toda la madrugada trabajando afanosamente un proyecto editorial. Estábamos ciertamente cansados pero sobre todo hambrientos. Mirábamos la tele cuando desde la sala nos invitaron a pasar a comer. Aquella tarde había varios comensales en la mesa: la Tía Lucy, Mariana –una de las tres hermanas de Robotv–, una amiga de Mariana y el Doctor Chaos. En total, sumábamos seis.
No bien tomé mi ubicación, el olor de la comida ascendió violentamente por mis fosas nasales. Una rápida inspección ocular me permitió reparar en la diversidad de las viandas: ensaladas de rabanito y lechuga bañadas en aceite de oliva; jugosas y crujientes pechugas de pollo; generosas lonjas de bistec apanado sin nervio; un par de cacerolas repletas de frejol canario; torres de arroz con choclo; plátanos fritos partidos por la mitad; huevos con la yema viva; crocantes rodajas de camote; pan francés a discreción; frutas varias. La mesa de la Tía Lucy parecía un pequeño Festival Mistura.
Una vez identificado el menú, me ajusté la servilleta al cuello, repasé la lengua por la boca, y froté imaginariamente mis manos, tal como haría con sus patas una mosca luego de aterrizar sobre una barra de mantequilla. Enristré tenedor y cuchillo con indisimulable ansiedad y quedé a la espera de que la Tía Lucy –la matrona de la casa– diese la orden para empezar a devorarlo todo. De repente, Sandra, la aburrida y catoliquísima amiga de Mariana, pidió unos segundos para elevar una oración. “La concha de la lora”, pensé, impaciente. Los demás, solo por cortesía, no protestaron. Al cabo de unos segundos la inoportuna plegaria se me hizo larga, insufrible, inacabable, tanto que por un momento creí que la fulanita estaba despachándose con cada uno de los misterios del rosario. “Ven, Cristo, a presidir esta mesa y a bendecir el pan que sobre ella está”, paporreteaba Sandra en voz alta, cerrando los ojos con teatral recogimiento. Yo, hereje, muerto de hambre, con los colmillos afilados, solo acunaba un pensamiento poco celestial: “apúrate, carajo”.
Mientras todos permanecían en silencio escuchando (o más bien padeciendo) tan piadosa invocación, mis oídos solo atendían el ruidoso reclamo de mi cuerpo: mis glándulas salivales chillaban como teteras descompuestas, y mis intestinos –allá abajo, en la roja caverna del estómago– reptaban inquietos como serpientes en cautiverio, como indispuestas fieras de circo que se niegan a protagonizar un numerito más hasta no recibir un puñado de comida de parte de su domador.
Sandra no había terminado de decir amén, cuando la Tía Lucy –que no cree en nadie– la cortó en seco y nos dio luz verde para iniciar el asalto. Fue ahí que me desconocí. Guiado por unos modales cavernícolas, pantagruélicos, sin ninguna conciencia de elegancia ni urbanidad, movilicé mi trinche por aquí, por allá, avanzando sobre cada potaje, cada fuente, pasando por alto a los concurrentes. Más que en un cálido almuerzo de primavera, me sentí en una reñida competencia de Telematch.
Cuál habrá sido mi cara de animal insaciable y desbocado que, desde su esquina, Robotv me dirigió una mirada censora, como diciéndome “pórtate bien o te largas, chetumare”. Sin embargo, no le hice caso: en ese instante toda mi concentración y mis sentidos estaban puestos en la minuciosa preparación del siguiente bocado, un montículo en el que apilé dos trocitos de bistec, uno de pechuga, remanentes de frejol, algo de arroz, un poco de huevo y una rodaja de rabanito. Sazoné el cargamento con una gota de ají, otra de mostaza, y lo acomodé sobre el tenedor, que despegó rumbo a mis fauces como una diminuta avioneta de metal.
Una hora después del opíparo festín, todos –inflamados nuestros vientres, enrojecida nuestra cara– permanecimos alrededor de la mesa, repantigados como marmotas, conversando acerca de esto y aquello. Sobre el mantel, los platos y cubiertos habían sido reemplazados por tazas con infusión y cucharitas de postre. Afuera, el cielo de setiembre lucía encopetado: un irreversible chubasco se anunciaba tras las nubes deformes.
De pronto, justo cuando me reía de uno de los tantos malos chistes del Doctor Chaos, sentí un efímero retortijón en la panza. Un breve ardor. “Se me habrá revuelto alguna tripa, nada grave”, pensé, ahorrándome el quejido. Volví a la cháchara grupal, intervine dos veces, conté una anécdota, pero ahí nomás, se me estrujó el estómago nuevamente. Me palpé el vientre: noté que estaba hinchado, duro como una piedra pómez. Deduje entonces que mi bolo alimenticio –que a esas alturas seguramente ya tendría las proporciones de la piedra gigante que persigue a Indiana Jones– se había atracado en las estrechas callejuelas de mis entrañas. “La cagada, me jodí”, dije en silencio, advirtiendo el inconveniente gástrico del que estaba a punto de ser víctima. “¿Qué te pasa, chimbombo?”, me preguntó Robotv, con esa arisca gentileza que siempre lleva a flor de labio. Antes de entrar en pánico hipocondríaco y fastidiar la reunión, decidí esperar la sabia evolución de la naturaleza. “Estoy un poquito empachado, nada más”, disimulé. Por dentro, sin embargo, el tracto digestivo comenzaba a zapatearme.
Inesperadamente, el dolor abdominal me dio una tregua durante la cual cedí a la tentación de comer un racimo de uvas negras que brillaban como perlas en el frutero. Fue una imprudencia temeraria. Cuando deglutía la uva número cinco sentí claramente la formación de un remolino de jugos biliares en el centro de mis vísceras. Un minuto después –¡juá!– arrancó la cagadera. “Ahorita vengo”, anuncié con la voz estreñida y de tres zancadas crucé el umbral del baño de visitas. “¿Estás bien?”, me preguntó la Tía Lucy a la carrera, pero no alcancé a responderle.

Una vez encerrado con doble pestillo, me miré en el espejo. Lucía pálido, sudaba frío, me castañeaban los dientes.
El siguiente hincón intestinal me encontró doblado sobre la fría taza del inodoro, con los brazos cruzados ejerciendo presión sobre la guata. Mi organismo alicaído abrió de repente sus válvulas, sus compuertas posteriores y empezó a dar trámite a los complicados rituales de la evacuación forzosa. Fue un cague largo, doloroso, sombrío. Extrañé infinitamente estar en mi casa, hundido en mi wáter. En medio de la congoja, me sorprendí de cuánta orfandad puede llegar a sentirse en un baño ajeno.
Incapaz de controlar los estertores propios de la excreción, me pregunté si acaso la Tía Lucy y los otros alcanzaban a escuchar esos pitidos delatores y a comentar mi demora. Oía sus balbuceos allá en la mesa, pero ignoraba de qué trataban. Me carcomía la vergüenza de tener que salir y hacerle frente al auditorio, pues a esas alturas era obvio que no me había retirado a los servicios higiénicos para enjuagarme la boca ni sonarme la nariz. Para decirlo de modo más prosaico: me daba roche que todos tuvieran la certeza de que estaba haciendo popó.
Después de un rato, el miedo escénico dejó de importarme. Superado el cólico y su posterior desenlace escatológico, sentí que había pasado lo peor. Limpié lo que había que limpiar, me puse de pie con una mezcla de placidez digestiva y orgullo épico, y me acomodé el pantalón. Me sentía renovado. Mientras me lavaba las manos capté que, después de todo, no había nada de qué avergonzarse: iba a salir de ahí con la frente en alto, encararía al público y seguiríamos conversando como si nada hubiera ocurrido. Una indigestión, además, la sufre cualquiera. Solo me faltaba un último detalle, una burocracia final: jalar la cadena.
Juro por mi santa madre que en esta vida pocas cosas me angustian tanto como ver subir el agua del wáter. Es un espectáculo macabro, tortuoso, lento. Si tal evento ocurre en tu casa, el drama es menor, pues cada uno lava su mugre y calma sus tempestades como mejor sabe. Pero si la contingencia te sorprende en la casa de uno de tus mejores amigos, en medio de un almuerzo familiar, y si –en el colmo de la mala suerte– el baño queda a escasos, escasísimos metros del comedor, el drama adquiere matices colosales.
Eso fue lo me pasó aquella tarde negra del dos mil ocho. Jalé la cadena y la marea empozada, en lugar de ser succionada por las tuberías, comenzó a multiplicar su volumen, acercándose peligrosamente a los bordes del retrete. Sin un instrumento a la mano para chuponear la obstrucción, me sentí completamente desarmado, a merced de una inminente y asquerosa inundación. La náusea, pero también el pánico, me tomaron preso.
Cuando vi que el nivel del agua sucia continuaba su incremento, procedí –ya sin ningún control de mis emociones– a quitarme un zapato para utilizarlo como guante y desatorador al mismo tiempo. Más que una decisión, fue un impulso desesperado, nervioso, gatillado por el miedo. Desgraciadamente el improvisado método provocó un efecto contrario del que buscaba, sublevando aún más las procelosas aguas de esa rebelde laguna marrón, en cuyo fondo se podría apreciar a varios monstruos nadando en círculo.
En cuestión de segundos, la marea desbordó el wáter y pasó a filtrarse por debajo de la puerta. Mis ojos –abiertos como dos huevos duros– no daban crédito a la catástrofe. No me quedó más remedio que hacer acopio de carácter para salir al comedor a pedir ayuda.
–¡Se está saliendo el agua!, anuncié a gritos, colorado, omitiendo por pudor toda información acerca del pesado y fétido cargamento del amenazante huayco.
Las reacciones fueron varias y simultáneas.
–¡POF!, exclamó Sandra, tapándose la nariz con una mano, ventilando el aire con la otra, retirándose unos metros de la pestilente escena del crimen. “Ahora reza pues, cojuda”, me provocó decirle.
Mariana, que estaba de visita, huyó despavorida a refugiarse en uno de los dormitorios por precaución, pues temía que algún roedor pudiera haberse fugado de las alcantarillas aprovechando el maremoto.
El doctor Chaos y Robotv, muy poco colaboradores, nadita solidarios, se largaron a reír en mi cara, a rellenarme de insultos. “¡Buena, míster Caca!”, repetían, haciendo leña del árbol caído.
La empleada, Olguita, bajó corriendo hasta el primer piso para llamar al vigilante, que algo de gasfitería sabía. Pero considerando que estábamos en el piso once, que el ascensor no funcionaba por mantenimiento y que Olguita arrastraba una vieja fractura de cadera, di por inútil su gestión.
Solo la Tía Lucy –avispada, experta, salvadora– acudió a mi llamado de auxilio. Lo primero que hizo fue coger varios ejemplares de antiguas ediciones de El Comercio y colocarlos sobre el suelo para neutralizar la fuga. Mientras desplegaba los folios, noté que uno de mis artículos favoritos –una sabrosa crónica política a doble página sobre las ministras mujeres– estaba siéndole de enorme utilidad para recoger los nauseabundos desperdicios. “Ahora sé que lo que escribo es literalmente una mierda”, me condolí, con la mirada gacha y los pies hundidos en ese río castaño de hediondo caudal que ahora se dirigía hacia la puerta de salida, con rumbo a los demás departamentos.
Dos horas y media nos tomaron las labores de rescate, pero dejamos todo más o menos impecable y desinfectado. Mi zapato fue declarado inservible. No se registraron felizmente más damnificados. Sin embargo, esa tarde hubo algo que nadie pudo limpiar: mi honra. Nunca antes me había sentido tan humillado por un episodio de la fatalidad. Desde aquel día todos en la casa de la Tía Lucy me conocen como Míster Caca. Es más, hay vecinos del edificio que murmuran cosas a mis espaldas cuando me los cruzo en la entrada o en el ascensor. “Ese de ahí es el del atoro”, le oí decir una vez a una vieja arrugada.
La historia, por supuesto, ha ido tergiversándose de boca en boca. Por eso la escribo ahora, esperando con el corazón (y con el estómago) que esta sea su versión definitiva.
[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua, el burlesco Robotv]
[El mejor Phil Collins, el de Genesis, con un tema mostro, útil para apaciguar cualquier bochorno o malhumor: Invisible Touch]
…
[Ya está en todos los Starbucks de la ciudad la última edición de LADO B. Ahí encontrarán una ¿columna? mía con un ¿dibujo? de Robotv. Por si acaso, en el próximo post continúa la serie de RARO]



ja ja ja me hiciste reir muchisimo ja ja ja
[RESPUESTA: Salud, Motita]
Jajajaja k buena no me reia asi hace tiempo x)
[RESPUESTA: (Me gusta)]
Que CAGUE de risa, lo leí en la oficina y mientras fingía que trabajaba me contenía las carcajadas.
Buena maestro.
[RESPUESTA: Grande, fingidor]
Literalmente un cague de risa, buena Renato, te sigo leyendo, saludos.
jajaja que buena la del periodico el comercio UNA MIERDA
Ya sé ke fue una desgracia para tí, sobre todo x cómo te han de fastidiar recordando akello, pero estuvo buenaza la historia! ýh, aunke trillada: un k… de risa. Las situaciones de entrar al baño en ksa ajena o en el trabajo son simpre rochosas, generalmente me preocupaba el ke tuviera realmente ke ocuparme y al jalar la cadena no hubiera agua, no obstante a partir de ahora voy a considerar seriamente – en recuerdo tuyo – el caso contrario :S… Saludos…
hola renato, si que eres grande escribiendo, me mate de risa, fue dificil ..pues estaba terminando de cenar, tienes un don muy hermoso, gracias por compartirlo con nosotros, debo confesar que recien estoy leyendo sus publicaciones en internet y no he tenido la suerte de leer alguno de tus libros, pronto me dare ese gusto, por ahora me pondre al dia en la internet, sigue publicando. Gracias totales.
[RESPUESTA: Hola, Edith. Espero que sigas leyendo la Serie. Un abrazo grande. Paja que hayas descubierto la web. RC]
jajaja siempre te leo y nunca comento, pero lo tu anécdota lo merece xD me imagino que la siguiente vez que te invitaron a almorzar te dieron un mate xD
[RESPUESTA: Hola, Bere. Gracias por animarte a comentar. Saludos. RC]
Me contagié de la lectura y me cagué de risa!!!!!!
[RESPUESTA: (Me gusta)]
Jojojojo muy buena…. y no puedo reirme como quiero…. estoy en la ofi, plop!
Literalmete fue un cague de risa.. un abrazo y te sigo leyendo..
“Ahora reza pues, cojuda” jajajajaja!!!!… un cague d risa este post… bravazo!!..jaja! salu2
Buena Renato, tu relato fue literalmente la cagada. Por tu culpa ahora el que va a irse al baño de tanto reírse soy yo. Un abrazo (después de haberme lavado las manos por si acaso), cuidate.
JAJAJA Me he reido mucho Ay que penitaa contigo pero son Kks que no pasan pero si nos pasan a algunos q bergoña¡¡¡ me encanto
Ja,ja,ja,ja me he reido tanto que mi jefe anda intrigado el por qué de mi risaaaa ja,ja,ja… me has hecho acordar unas anecdotas en el baño ja,ja,ja,ja
La verdad me has hecho reir mucho. Felicidades, sigue escribiendo.
Ay pof! fichula, wacala jajaja hasta en las mejores familias, cosas del orinoco…
a la Fuck q Risa, poniendome al día con los POst, uno a uno.
jajaja esta historia hizo q me mate de la risa!!
ojala nunca dejes de escribir Renato, porq vaya q si lo haces super bn! =)
bueno seguire leyendo los post q me faltan jeje.
por cierto el libro “busco novia” esta super XVR
cuidate mucho. saludos
jajjajajajajajajja que buina osea brother te viste con Nicolas CAKE
JAJAJAJAJJAJAJAJAJAAAJ
[RESPUESTA: Mismamente]
Estoy en mis clases de contrabajo y todo el mundo, incluyendo mis 4 profesores que estan ensayando me mandaban miradas demoniacas a cada carcajada que me ha dado leer tu post (y han sido MUCHAS), hasta interrumpieron el ensayo para preguntarme en frente de todos que leia. “El bog de renato cisneros profe” les dije. Me hicieron leerlo en voz alta. Perdon. Ahora todos saben tu vergonzosa historia.
[RESPUESTA: Gracias por la propaganda. Abrazo. RC]
Jajajajajajajaja
Es inebitable no terminar riendome cada que leo uno de tus post, pero definitivamente este a sido uno con los que e pasado un momento de desconeccion TOTAL increible.
Estaba “viendo la tele” con mi familia en francia y una amiga me mando el link al facebook. Cuando vi pense: aurevoire simpsons sin sentido en français, invertire mi tiempo en algo que valga la pena
Pero nunca me imagine soltando carcajadas con ipad en mano ante la mirada confundida de mi familia. Demas esta decir que les termine traduciendo cada palabra. Ahora me piden que porfavor les tradusca otros posts. Voy a ver si puedo encargar nunca confies en mi por Amazon. Tendrias que ver como rodaban de risa. Jajaja
Gracias por escribir. Me recuerda el sentido del humor -creo ya muerto en mi- que hay en Peru.
[RESPUESTA: Hola, Carla. Buenísimo tu comentario. Qué bacán que hayas podido compartir el blog con tu familia. Escribe cuando quieras. Si consigues el libro, me avisas. Un beso. RC]
ay Rena me has hecho reir muchísimo… justo hoy encontré entre mis correos pendientes este link así que decidí darme el tiempo hoy para leerlo, MUY divertido!
un abrazo
[RESPUESTA: Ositos. RC]
me salvaste la fastidiosa hora de trabajo…no pare de reir
nunca dejes de escribir,,,,,
saludos
En serio hoy no tuve el mejor de los dias, pero al leer tu blog, pase a otro mundo de manera instantanea, No lo podia creer, en serio cambiaste mi humor y no pare de reirme, tanto asi que la gente de la oficina pensaba que estab medio loco de tanta carajada, lo mas extraño que todos sabian que no habia sido el mejor de mis dias ,En verdad Renato mil gracias por las lineas publicadas hoy en verdad gracias a ti cambio mi dia
jajajajj
slds
Omar Arias V
[RESPUESTA: Al revés, gracias a ti. SI lo compartes, genial. Abrazo. RC]
hola Renato yo siempre escucho tu programa por las mañanas en radio Oxigeno es una forma divertida estar informando y a la vez escuchando las canciones buenas de la radio.bueno escuche que mencionaste que tienes un blog entre lei esta historia realmente me parecio muy graciosa,me diverti mucho.son anecdotas que a cualquiera le ha pasado alguna vez me incluyo pero no fue tanto como te paso a ti jajaja.sigue escribiendo y exitos en tu vida…
“grandes momentos humillantes” no me parece un titulo adecuado, creo que mejor seria “una buena cagada”
de una pena tan grande dela caida de un hermano despues de llorar me meti ala compu y ahi lei esto vaya q manera de reime solo me queda decirte gracias
[RESPUESTA: Gracias a ti. Saludos. RC]
Hola Renato no sabes como me he reido, estoy leyendo c/u de tus articulos….slds
Lo lei en mi clase de la U… fue dificil disimlar seriedad jajaja.!
[RESPUESTA: Me alegra. Qué aburrida es la seriedad. Saludos, Alicia]
Me parece genial la forma en como escribes y narras las situaciones, te escucho siempre en radio oxígeno, y cuando te escucho me ilusiono contigo jejejeje así media tontita soy, estoy en mi trabajo y este pequeño articulo me ha hecho reír mucho, gracias
[RESPUESTA: Gracias por entrar y comentar. El tonto soy yo. Saludos]
Que (literalmente).. CAGE DE RISA!!
No puedo ocultar mas las carcajadas en medio de un grupo de colegas en la oficina,
trato y trato de disimularlo pero es inevitable, ojala y el jefe no me descubra.
Saludos desde Oostende (Belgica)
[RESPUESTA: Ojalá que el jefe belga no te pille. Saludos, Patty]
broder por tu culpa la jefa me llamó la atención .. pero como diria marc anthony ” valió la pena ”
[RESPUESTA: Nadie te quitará las carcajadas. Abrazo]
Que valiente has sido al contar esto! Probablemente yo me hubiera escondido bajo 7 llaves el resto de mi vida si me hubiera pasado algo similar. He muerto de risa leyendo tu post en clase de Macroeconomía y no podía dejar de reírme incluso cuando me dieron un par de codazos para que me callara jaja. Saludos!
JAJAJAJAJAJAJA, SIQ UE ME HICISTE REIR MUCHO, RECIEN HE COMENZADO A LEER TU BLOG Y ME GUSTA MUCHO, ME HACE ENCONTRARME CON MUCHAS EMOCIONES JUNTAS…… ME PARECE MUY VALIENTE DE TU PARTE HABER ESCRITO ESTO, QUIERO SER ESCRITORA Y PERIODISTA Y CREO QUE EL MEJOR COMIENZO ES HACIENDO UN BLOG Y DE ALGUNA U OTRA FORMA HACERME CONOCIDA EN EL MEDIO, DE ALGUNA U OTRA FORMA ME ESTAS ENSEÑANDO
GRACIAS EMILY
Justo estaba en una aburrida reunion familiar cuando leia esto, nunca me habia reido tanto
[RESPUESTA: Gracias, Gonzalo. Saludos. RC]