Entrar más al cine y menos al Twitter. Comprar una bicicleta de paseo antes que un Blue Ray. Deshacerme de una tarjeta de crédito [si es la de Ripley, mejor]. Montar expediciones más frecuentes a Polvos Azules. Viajar en el Metropolitano, subir al Tren Eléctrico. Visitar más teatros, más playas, más chinganas; menos consultorios, menos escaparates, menos cementerios. No interrumpir la natación de los martes, la terapia de los viernes, ni las pichangas extenuantes de los sábados. Llevar a mi sobrino Rodrigo al Nacional cuando juegue Perú, y compartir con mi sobrina Adriana una maratón de películas de terror. Reducir mi consumo inmoderado del ají. Aprender a tolerar el repulsivo sabor de la Linaza y el Alpiste en el jugo de papaya. Visitar a mis amigos en sus casas, no solo en sus perfiles de Facebook. Hacer menos preámbulos, diseñar menos planes, dar menos rodeos. Querer sin hacer daño y dejar de hacer daño sin querer. Incursionar en el vasto e inexplorado universo de la gratitud: devolver las llamadas, contestar los mails, homenajear a los cómplices que sobreviven. Premiar a los niños—malabaristas del semáforo que se rajan el lomo a la misma edad en que tú estabas repantigado en tu sala viendo El Festival de los Robots, devorando incontables cachitos con mantequilla. No sonreírle tanto a los entrevistados famosos que van a la radio y sí, en cambio, a las señoras que trapean los baños de los diez pisos del edificio Rpp. Estrenarme en el peliagudo arte de la puntualidad. Leer como energúmeno, como si en realidad el mundo fuera a venirse abajo de repente. Escribir el doble, si no con talento, al menos con pasión y disciplina. Publicar mi segunda novela. Mentir solo en los libros. Negociar con La Mula su propuesta para alojar mi página web en su portal. Hacer siquiera un viaje dentro del país. No ir a Mistura, ni al Blogday, ni a ningún Cierrapuertas. Evitar las aglomeraciones, salvo en el concierto de Elton Jhon. Celebrar los 36 con cautela y esperar la inminente aparición de la primera cana.
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Nacimiento sin vida
De toda la parafernalia navideña quizá sea el Nacimiento —más que el árbol— el elemento que más se roba mi atención. Recuerdo cuánto me impresionaban de niño esas esculturitas piadosas de San José y la Virgen que —escoltados por vacas, burros y reyes magos de yeso— rodeaban un pesebre barroco y vacío. Mi mamá escondía la figura del Niño hasta que dieran las doce del 24, pero yo solía encontrarlo mucho antes y profanaba su descanso para convertirlo en el más aguerrido adversario de los Thundercats. Dados los lógicos riesgos que supone el combate cuerpo a cuerpo, no era raro que el Niño llegara días después al pesebre con alguna extremidad mutilada: un pie, un bracito, una oreja. Aprendí por entonces que el Niño era sumamente rencoroso, pues el número de sus magulladuras repercutía directamente en la cantidad de mis regalos. Más de una vez contribuí con el armazón del nacimiento. Mi mamá recreaba una enorme colina con cartón corrugado, y ubicaba con delicadeza las figuras centrales, además de pastorcitos y ovejas de arcilla. Para darle más vistosidad al tradicional elenco bíblico, yo sumaba un importante contingente de soldados de plástico y carritos Matchbox, los mismos que —junto a los muñecos de Star Wars, Mazinger Z, Ultrasiete y Sankuokai— le daban a la clásica escena de Belén un no sé qué galáctico de lo más inclusivo. Nunca el nacimiento de Jesús se pareció tanto a Toy Story. Ayer fui a visitar a mi mamá y, con sorpresa, vi que había montado el más franciscano de los nacimientos de que tenga memoria. Sobre una mesa de madera yacían quietos un enjuto San José y una Virgen anémica. Nada más. No había reyes, ni animales, ni decorado pastoril. Estuve a punto de decepcionarme. Luego entendí que era un nacimiento realista, actual, coherente con los tiempos que corren. Un nacimiento arrasado por el cambio climático, sin flora, ni fauna, y cuyos sombríos integrantes parecen mirarte con pena, como exigiendo un estudio de impacto ambiental que les permita saber si llegan vivos o no a la siguiente Navidad.
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Criaturas celestiales
No son mis parientes, tampoco mis amigos. No son contactos de mi Facebook, ni me siguen en Twitter. No sabría precisar si los quiero o si ellos me quieren a mí. En todo caso, basta con señalar que cada vez que los veo crece en medio una afable ola de complicidad y simpatía. Nada de lo que hacen por mí es gratuito ni desinteresado. De hecho, me cobran. Y les pago con gusto, porque sus saberes y habilidades —siendo distintos, casi diría diametralmente opuestos— hacen que mi existencia adquiera esa dosis de firmeza y equilibrio sin la cual me resultaría sumamente fácil asomarme a los ubérrimos precipicios en que anida la locura. Me refiero a Eugenio, el psicoanalista al que visito cada viernes, y a Chela, la señora que ordena mi departamento dos veces por semana. Eugenio me recibe, me deja hablar, me escucha con tenacidad desde un sillón mientras destruye un caramelo con las muelas, y luego —con la pasmosa precisión de quien resuelve a ciegas un sudoku— organiza mis frases e ideas, las vincula, las contrasta, las agrupa, las hace encajar. Siempre me deja la misma tarea inacabable: intentar responder un cerro de preguntas que, con el paso de los meses, no hace más que incrementarse. Pero si él se ocupa de que mi cabeza esté bien amoblada, Chela se encarga de devolverle sosiego a mi pequeña casa, avasallada por la diaria tempestad de mis manías, apuros y distracciones. Decir que cocina, desinfecta, barre y plancha sería reducirlo todo a un vulgar catálogo de labores domésticas. Lo que ella hace es aún más complejo y meritorio: restaura la calma ahí donde yo me empeño en cultivar el caos. Lo más notable es que lo hace en silencio, sin inmutarse por el infierno revuelto de mis cajones, ni chistar por el pozo mugriento en que suele convertirse el lavabo de la cocina cuando ella no está. Por eso, porque son fundamentales en la rala escenografía de mi cotidianidad, este diciembre quería regalarles algo distinto. Algo que no fuese un Panetón. Una columna, por ejemplo.
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Lo siento, corazón
Los resultados del análisis de sangre llegan por Internet. Abro el documento y me sorprendo al advertir una columna con varios números en rojo. Reparo en lo mucho que se parece el reporte del laboratorio a mi libreta de quinto de media. El primer dato alarmante proviene de la casilla ‘Colesterol’: 260 miligramos por decilitro. Cotejo esa cifra con la tabla adjunta y compruebo con preocupación que estoy claramente fuera del rango normal. Sigo leyendo el informe y veo que en Triglicéridos saqué más nota, o sea, peor para mí: 267 miligramos. El documento concluye que tengo un riesgo considerable de enfermedad coronaria, es decir, de que se obstruyan las arterias que suministran sangre a mi corazón. Abajo leo un consejo en letra pequeñita: se sugiere disminuir los valores obtenidos a fin de evitar desgaste de tejidos o principio de arterioesclerosis. ¿Arterioesclerosis? ¡Genial! Magnífica primicia para un neurótico, ansioso e hipocondriaco. Encuentro muy injusto que, además de soportar las vertiginosas arritmias sentimentales a que lo he venido sometiendo en estos días, mi noble y estoico corazón tenga que arreglárselas ahora con este anuncio de inminente peligro cardíaco. Me pregunto si los 35 no son acaso una edad demasiado joven para andar con estos achaques. ¿Qué medidas se supone que debo tomar? ¿Tendré que dejar las sopas ramen con sabor a pollo picante, las torres de galletas Charada y esas latas de ravioles en conserva que se aglutinan en mi despensa de soltero inútil, sedentario, incapaz de sancochar una pechuga, de aliñar una ensalada? ¿Tan perjudiciales habían resultado los pantagruélicos almuerzos familiares de domingo: ricos en grasas saturadas, frituras, pastas y carnes rojas? ¿Deberé renunciar a esos guisos inmaculados a cambio de un miserable menú de alverjas y vegetales? Lo siento, corazón, pero no tengo voluntad de sacrificio. No puedo cambiar mi vida por un análisis de sangre, ni imponerme una dieta a todas luces imposible de cumplir. Prepárate, chico, porque prefiero fallecer de un infarto en el verano antes que morir de hambre la noche de Navidad.
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Lista Negra
Hay mitos socialmente aceptados que conviene derribar. Por ejemplo, este: “La Navidad es de los niños”. Falso. El grueso de la publicidad se orienta a que sean los adultos los beneficiados en la repartija de Nochebuena. Por cada juguete que se oferta en los encartes comerciales, hay el doble de electrodomésticos, el triple de dispositivos de última generación, el cuádruple de artículos para el hogar. ¿O será que debo pensar en regalarle a mi sobrino de 8 años un deshumedecedor de tecnología italiana, de tres velocidades, con climatizador incorporado? ¿O a mi sobrina de 9 un fantástico juego de decoración de terraza, con set de cojines, mesa de mimbre y esterillas estampadas? Por si fuera poco, son los adultos en la oficina —no los niños en el colegio— los que se solazan con los infaltables Intercambio de Regalos o Amigo Secreto: patéticas celadas que —con el pretexto de mejorar el clima laboral— conminan a los empleados a buscar un obsequio para un azaroso destinatario (el carácter ‘voluntario’ es una farsa: si no participas, te ganas la automática antipatía del área de Recursos Humanos). Es por eso precisamente que quiero publicar aquí la majadera relación, no de los regalos que espero, sino de los que odiaría recibir, por reiterados y anodinos, tanto en casa como en mi centro de trabajo. No me regalen, por favor: paquetes de calzoncillos de colores; termos ‘bebetodo’; pelotas antiestrés; tazas de cerámica; agendas 2012; billeteras de felpa con calendario incluido; ni llaveros en forma de abridor. Tampoco portarretratos; miniajedreces; botellas de Pisco Vargas; frascos de colonia de baño (menos si son Drowa, Agú o Royal Regiment); discos piratas; lapiceros–linterna; ni nada ridículo que parezca el regalo sobrante de un intercambio anterior. Ahórrense, por último, los chocolates de grifo; los lentes de sol de mercado; los libros de semáforo, y los peluches de farmacia. Advertidos están. Esta es mi lista de regalos. Mi lista negra.
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[Desde hace un mes escribo para La República. La columna se llama QUÉ SABE NADIE y va todos los sábados en la Contra. También la compartiré aquí. Estas son las cuatro primeras entregas. Saludos. Buen año para los lectores de esta página]

Hola Renato, espero ya no estes triste y no sigas con las arritmias sentimentales (bueno, ya somos dos). Qué gusto volverte a escuchar por Oxigeno. Cuidate mucho, procura combinar bien tus comidas, para que te mantengas con salud. Hoy que tuve un poquito de tiempo libre, leí tus 4 columnas y lo de la reunión con tu amiga Silvia. Eres muy ocurrente, me haces reir mucho, pero por sobretodo haces que lea, yo, que soy tan floja para eso, y lo digo con verguenza porque la ignorancia no es buena, pero me persigue….
Te mando un gran abrazo, nunca dejes de escribir
Renato.- Muy bueno tu post, comparto tus comentarios por los intercambios de regalos,son un verdadero problema y casi siempre una hipocresía,deberían suprimirse pero en fin nos haremos los tontos y los sorprendidos al abrir el regalo que nos tocó. Cuida tu corazón y normaliza tu colesterol y tus triglicéridos. Ah y no seas tan sopero, aún eres muy joven y creo que se dice arvejas y no alverjas. Salvo mejor parecer.
Un mejor año 2012 para tí y continúa con el magnífico oficio de escribir. Un fraternal abrazo.
WILLY
PD.- Mis saludos a Robotv, sus ilustraciones son muy parecidas a las de mi nieta, que es una niñita asperger , pero genial dibujando.
Lástima, tienes un corazón de cincuentón. Deja las malditas grasas y puro verde amazonas para que puedas ver a tus sobrinos graduados.