Ordeno mi biblioteca aprovechando las vacaciones. Elijo hacerlo, no por temas, géneros, años, ni sellos editoriales, sino en simple orden alfabético, usando como referencia el primer apellido de cada autor. Al finalizar la tarea —que me toma dos mañanas, y de la que salgo empapado, como si hubiera hecho veinticuatro horas de steps— retrocedo unos pasos para observar la inmensa pared multicolor formada por los lomos desiguales de los libros. Al ver el nombre de los autores evoco sus rostros y trato de imaginarlos juntos, como sentados uno al lado del otro. Los anaqueles de madera —levantados junto al escritorio— son de repente las graderías de una enorme tribuna, desde donde ellos, los escritores, parecen alentarme con efusivo silencio a lo largo del crucial partido que disputo a diario contra la pantalla en blanco. Por su importancia, por su compañía, ellos son, al mismo tiempo, maestros, hinchas, dignatarios, familiares, íconos, en fin, guardianes socráticos de mi vocación. Como ocurre con ciertas tribunas, las bibliotecas también son democráticas. Al menos en la mía, el criterio de orden elegido permite que autores tan disímiles en edad —y no solo en edad—, que muy improbablemente pudieran haberse conocido, menos aún frecuentado, coincidan ahora en los estantes, esas pequeñas, lúgubres vecindades donde crecen la humedad y las arañas. Allí es natural, por ejemplo, que Enrique Sánchez Hernani conviva con Salinger y Saramago. Que Ezra Pound, Silvia Plath y Daniel Peredo sean compañeros de fila. Que Alonso Rabí se interponga entre Nicanor Parra y Laura Restrepo. O que Eloy Jáuregui se pare, achoradísimo, a la izquierda de Kafka, a dos pasitos de Kundera. O que yo mismo, imberbe, me codee con Capote, Coetzee y Cortázar. Pero más, vamos a decir inesperadas, resultan ciertas duplas determinadas por el generoso azar del alfabeto: Rolando Arellano va con Paul Auster; Jaris Mujica con Murakami; Freddy Ternero con Tagore; y la máxima, Mónica Delta con Simone de Beauvoir. [Cabe añadir que de haber conservado el libro ‘No Basta ser Positivo’ de Brad Pizza el tomo figuraría, nada menos, que al lado de la Poesía Completa de Alejandra Pizarnick].
***
[Ilustración: Alfonso Vargas Saitua (Robotv)]

Que biblioteca!!! Incluido Brad Pizza jejeje!!
Naturalmente el libro de de Brad Pizza es el mejor de tu biblioteca jajajaja…
Un abrazo RC
¿ Enrique Sánchez con Salinger?¿ Qué arroz con gelatina tienes?Supongo que es una broma de mal gusto comparar a un mediocre poeta con un genio como el autor de “Franny y Zooey”. En cuanto al post, se parece a una columna que Alonso Rabi Do Carmo escribió en El Comercio lunas atrás. Igualito. Aquel periodista bigotón describía su biblioteca y de como combinaba sus libros de Sade con La Biblia. Bueno, Rabi Do Carmo al menos, tenía chispa al escribir y acaso originalidad.
[RESPUESTA: No lo dudo. Saludos]