Sep
18
2011

Quiero Hablar

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La otra tarde, a través del chat del celular, me llegó un mensaje de Eugenio, mi ex psicoanalista. Me preguntó si estaba en Lima y si nos veríamos esa noche, tal como habíamos quedado. Era un mensaje rarísimo, considerando que abandoné la terapia un año atrás y desde entonces no mantengo comunicación con él. Solo para contextualizar: dejé de ir a terapia luego de que me detectaran una hernia lumbar; eso me obligó a concentrar mi preocupación y mi dinero en un tratamiento que me ayudara a calmar esa porfiada dolencia que me tenía (aún me tiene) con recurrentes hincones en la columna, sin poder jugar siquiera diez minutos de un partido de fulbito. Entre cuidar mi espalda o mi cerebro, elegí lo primero. Continuar leyendo.

Sep
09
2011

SERIE: RARO (18). Penúltimas lecciones

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 [Tus obsesiones han hecho que seas conocido en la escuela como freaky. Haciendo modelos a escala real de los Velvet Underground]

Belle & Sebastian

Escribir te sumerge, te hace pensar, te oxigena, te agota, te distiende. En eso se parece a la natación, descubre Raro, reclinado en la silla, fabricando una almohada con las manos, enlazándolas por detrás de la cabeza. Extraña nadar, pero no se apena. De momento ha tenido que dejarlo. Más adelante volveré, se da ánimos. Sabe que podría hacer un esfuerzo y costear un semestre más en la academia, sin embargo, ha decidido emplear su tiempo libre en escribir, leer, ver películas, nutrirse, capacitarse, enredarse en ficciones ajenas para potenciar las suyas. Está convencido de eso y se lo repite como una letanía: mientras más lea, mientras más observe y analice de qué modo se organizan otros universos creativos mejor le irá a mis textos y guiones; mis personajes tendrán más humanidad de la cual sostenerse, más opiniones, visiones de la vida más contrastadas y enriquecidas. Los personajes –anota Raro en su libreta– merecen tensión, pero sobre todo autonomía. Sin ella –subraya– son aburridos títeres tras los cuales se adivina la mano de un ventrílocuo cobarde  incapaz de crear seres apasionados.    Continuar leyendo.

Ago
22
2011

Estamos de viaje

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Martes 2 de agosto. Es de tarde, tipo las cinco. Estoy con mi familia frente a la puerta de embarque número doce del Jorge Chávez, esperando la salida del avión que dentro de una hora y media nos aterrizará en Tumbes. Una vez allí, el plan es alquilar una Van que nos conduzca a nuestro destino: un hotel enclavado frente al mar, en la calurosa y paradisiaca bahía de Punta Sal, cuya luz –es fácil deducirlo– contrastará abismalmente con estos plomizos destellos que percuden las frías ventanas del aeropuerto de Lima.

Desde mi posición diviso a Vilma, mi mamá, sentada de costado, revisando el desordenado y misterioso contenido de su cartera, que desde que soy niño es un eficaz surtidor de las chucherías más increíbles: me sorprendería menos si de su bolso extrae una ametralladora que un delineador. A su lado, la chancona de mi hermana Vanessa coteja con minuciosidad las tarjetas de embarque, asegurándose de que efectivamente vayamos a ocupar asientos contiguos en la fila de emergencia, tal como prometió la pálida señorita del mostrador. Sus hijos, mis sobrinos Adriana y Rodrigo, circulan por la sala de espera. Su impaciencia tiene distinta velocidad: ella se desliza con la coqueta parsimonia de sus 12 años; él corre con el imparable zigzagueo de sus 8, haciendo rechinar contra el piso lustrado la suela de goma de sus Crocks. Ambos se dejan fotografiar por el pacífico lente de mi hermano Luis, que –despeinado, laxo, vestido como para una clase de yoga– dispara su cámara profesional apoyado en una columna. Continuar leyendo.

Ago
12
2011

SERIE: RARO (17). Ella habla por mí

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[Esta noche tengo las manos sucias, pero me estoy haciendo una casa nueva]

Bruce Springsteen. (Lucky Town)

Sin resignarse del todo al aburrido ritual de hipocresía que le espera, Fofa se dirige al babyshower de Ángela, una de sus amigas de la universidad, la segunda del grupo en salir tempranamente embarazada después de María Lourdes. “No las entiendo” –requinta Fofa, mientras pone en marcha su auto, no sin displicencia– “meten la jodida pata con un par de tarados, arman un chongo apocalíptico para que nadie se entere, pero al final lo anuncian por todo lo alto. O sea, la cagan y encima lo celebran. Para colmo, a las que no tuvimos nada que ver en el asunto, nos piden un aporte voluntario para financiar este agasajo ridículo. Si esta no es una estafa, se le parece muchísimo”.

Cuando meses atrás supo lo de María Lourdes, Fofa creyó que se trataba de un caso insular de idiotez. “Es normal: toda generación tiene su sonsa que sale premiada”, reflexionó. Sin embargo, al enterarse poco después de que Ángela le seguía los pasos temió estar frente a una epidemia de cojudez colectiva. “¿Qué le pasa a la gente? ¿Por qué ese afán por reproducirse?”, escribió en su muro de Facebook, a modo de protesta. Y es que tanto María Lourdes como Ángela vivieron de modo muy similar el absurdo guión de sus ‘contingencias’: 1) las dos tuvieron sexo casual sin preservativo con fulanos que decían conocer de mucho tiempo atrás pero cuyos apellidos compuestos les costaba recordar; 2) las dos confiaron en el margen de sus días ‘no peligrosos’ y permitieron que ellos acaben dentro; 3) finalmente, cuando no les vino la regla las dos se practicaron un test de embarazo, obteniendo un resultado que más tarde sería refrendado por un inequívoco análisis de sangre: positivo. Lo único que faltó para que los casos fuesen absolutamente idénticos es que los futuros papás huyeran al mismo país, pero no fue así. Mientras Gonzalo se tardó unas semanas en dejar a María Lourdes para tomar un sorpresivo vuelo a Brasil sin fecha de retorno, Armando huyó con rumbo incierto al día siguiente nomás de enterarse del embarazo de Ángela: unos dicen que se fue a Estados Unidos, otros a España, otros creen que nunca salió del Perú y que está escondido en la casa de playa de un tío, al Norte, por Pacasmayo. Continuar leyendo.

Jul
28
2011

Quiero ser presidente

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Una noche de hace años, tantos que ya perdí la cuenta, la mayor de mis hermanas me llamó por teléfono desde México para soltarme una primicia lapidaria. “Una bruja me acaba de decir que uno de mis hermanos será presidente. Estoy segura de que se refiere a ti. Felicitaciones, estoy muy orgullosa de ti”, me balbuceó entre gimoteos. Acto seguido colgó, dejándome aturullado, lelo, con la mano fría asida al auricular. Quedé, desde luego, impactado, pero además mudo, al punto que opté por mantener en secreto la buena nueva que me había sido confiada, temeroso, ya saben, de que al compartirla su efecto pudiese verse diluido.

Aunque lo más juicioso hubiese sido restarle importancia al telefonazo, dejándolo en calidad de graciosa anécdota, lo  cierto es que preferí creer el mensaje que traía consigo. ¿Presidente? ¿Yo? ¿Sí? ¿Quién sabe? ¿Por qué no? A partir del instante en que di cuerda a esas meditaciones, algo cambió en mí. La percepción que tenía de mí mismo cobró, digamos, inusitado vigor. Mis consultas al espejo, por ejemplo, sufrieron enormes variaciones: donde antes yo veía a un mocoso anodino sin personalidad, ahora, de pronto, ayudado por el reverberante eco de las distantes palabras de mi hermana, veía el reflejo de un adolescente predestinado a ocupar un sitial en la historia. Si mi abuelo había sido Embajador ante la OEA, pensaba, si mi padre juró como Ministro en dos ocasiones, ¿no sonaba coherente que alguien les tomara la posta, que alguien los sucediera en esa honrosa tradición de representar a la Nación? Es cierto: a las justas tenía 12 o 13 años, pero ya iba siendo hora de que me dejara de romanticismos y recogiera el justo mandato que me reclamaba la sangre. Podían gustarme la poesía y el fútbol, pero esas no serían a la larga opciones profesionales a considerar: tenía que respetar el designio de mis antepasados y trabajar desde muy joven para asumir más adelante, tal y como avisaba mi hermana, la presidencia del Perú.  Continuar leyendo.

Jul
16
2011

SERIE: RARO (16). El peligro de volver

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[En Macondo comprendí que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratas de volver]

Ana Belén

Delante de la casa de Lucía, parado sobre el resembrado jardín anterior a la puerta, ese que tantísimas veces había pisado desoyendo los pedidos de su ex suegra –o precisamente para contravenirlos–, Raro sintió que su corazón se aceleraba, adquiriendo de a pocos el peso y volumen de una piedra de Sacsayhuamán. Avanzó unos pasos y reconoció de inmediato el olor a hierba mojada que invadía su nariz; de igual modo sus oídos acogieron con familiaridad el silbido del eterno guachimán de la cuadra: un anciano inofensivo que llevaba sentado en su caseta tantos años como el árbol pelado que se jorobaba en la acera de enfrente. Raro miró a los lados, sacó las manos de los bolsillos de la casaca para frotárselas, y notó con cuánta naturalidad se adaptaba al inmenso encuadre que lo contenía. Sabía, sin embargo, que se encontraba en un lugar riesgoso, en medio de un paisaje que, justamente por ya conocido y transitado, estimulaba con peligro las revoluciones de su memoria.

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Jun
23
2011

SERIE: RARO (15). Cosas que pasan en invierno

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[Y dices que es demasiado tarde. Que hay que contemplar todas las tempestades de la vida]

The Cars

Raro se tomó muy en serio la confección de su nuevo personaje. Había leído detenidamente en Internet el diario privado recomendado por Sebastián, y pese a que estuvo tentado de imitar esa fórmula optó por otro camino, intuyendo que sería más trabajoso e ignorando que resultaría más gratificante: construir un personaje femenino.

 Apenas tomada la determinación, se preguntó qué apariencia tendría. La primera imagen que acudió a su mente fue la de una chica de unos veinticinco años, no muy alta, tampoco baja, entre rolliza y voluptuosa, dependiendo del ángulo desde el que fuese mirada. El entusiasmo lo llevó a visualizar algunos primeros planos de ese cuerpo inacabado, aún por armar: la boca se le antojó pequeña pero sensual, los pómulos saltones, la frente espaciosa, los pechos erguidos, los rizos rebeldes, de una negritud tal que contrastaba con los pálidos matices de su piel sensible, invadida de lunares. Las piernas, pese a su grosor, lucirían elásticas, el trasero firme, la espalda ancha, como ahombrada, como si de niña hubiese nadado hasta alargar y endurecer la frágil consistencia de sus omóplatos. Cada rasgo que Raro evocaba se iba implantando en la fotografía trazada por su imaginación: bastaba con nombrar un nuevo atributo o defecto para que este apareciese de inmediato en el callado dibujo preliminar. Continuar leyendo.

Jun
08
2011

La clave de mi fracaso

 

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La tele es una vitrina. Si ingresas a ella, te conviertes en maniquí. O al menos corres ese riesgo. Siempre he tenido la impresión de que las personas que salen en la pantalla chica –además de tener que verse limpias, saludables, atentas– se esfuerzan por simular que la vida los trata con cierto aprecio o benevolencia. Se les ve tan aplomados que dan la sensación de haber alcanzado un cierto grado de armonía existencial, una paz interior que les permite desplegar su talento, compartir sus saberes, contagiar su ánimo. No importa si por dentro van podridos de depresión, estrés o fatiga: una vez al aire, la gente de la tele mantiene ese disciplinado encanto que permite la continuidad del show. En ese sentido –aunque algunos, no solo en ese– recuerdan a los payasos: sus tragedias íntimas quedan colgadas tras bambalinas.  Continuar leyendo.

May
23
2011

SERIE: RARO (14). Monólogo de Sebastián

 

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[Ill be what i am. A solitary man]

Neil Diamond

El cielo turbio de las seis, alfombrado de nubes opacas, recorta el perfil de los edificios a medio construir, adelanta la sensación de noche entre los transeúntes, se traga a los pájaros que hasta hace unos segundos volaban nerviosos rumbo al horizonte de la tarde.

Estoy en la terraza, apoltronado en la silla de siempre, registrando lentas anotaciones en esta libreta marrón que uno de mis clientes me regaló a fines del año pasado. Tengo la camisa abierta, los pies descalzos, una lata de cerveza al alcance de mi mano derecha. El viento que arrasa la calle y empuja sin dirección bolsas vacías, hojas secas, montículos de basura, ese viento gélido y sucio, por alguna razón no asciende hasta mi departamento. Aquí curiosamente se percibe otro clima, un vago y extemporáneo calor en medio del crepúsculo. Un calor que, cómo explicarlo, no viene de afuera, sino de adentro. Dentro mío. Continuar leyendo.

May
04
2011

El examen del 92

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Que me disculpe el afligido compositor de ese respetable tango que sostiene que veinte años son nada, pero a mí me parecen un huevo. Sobre todo ahora que caigo en la cuenta de que hace dos décadas egresé del colegio. Dos décadas. Cuatro lustros. Veinte años. Qué bestia. O qué alucinante, como se decía entonces. O qué heavy, como se diría ahora.  

A pesar del tiempo transcurrido recuerdo con absoluta claridad los acontecimientos acaecidos el último día de clases, cuando, tras el último timbrazo, todo el alumnado de Quinto –en la ejecución de un extraño ritual celebratorio– salió al patio aprovisionado de plumones Faber Castell. El objetivo era rellenar nuestras camisas, casacas, brazos, caras, manos y toda extremidad descubierta con mutuas y multicolores dedicatorias que ingenuamente apelaban a preservar el vínculo amical a lo largo de una improbable eternidad. Continuar leyendo.